—Señor Heredia, aunque le agradezco su ayuda, ¡no puede venir aquí a robarme el esposo! —espetó Pablo con mal humor—. Mire, el señor Morillo y la señora se llevan bastante bien, así que ni lo sueñe.
Enzo, ignorando a Pablo, le guiñó un ojo a Regina y soltó:
—¿Ni siquiera puedo imaginármelo? Regina, sabes que me interesas, eso no es secreto. El día que te divorcies, prométeme que seré el primero que consideres. Créeme, soy mucho mejor que Demian.
Regina solo pudo parpadear, incrédula.
¿Este era el momento para decir semejantes cosas?
Lo cierto era que el Tobías que tenían enfrente la tenía inquieta. Regina intuía que este sujeto iba a traerles más de un problema. No descartaba que ni siquiera lograrían salir de ese lugar.
—¿Y tú quién te crees? —Tobías estudió a Enzo de pies a cabeza y le lanzó—. Yo soy mucho mejor.
Luego, con descaro, se giró hacia Regina.
—A ver, mujer, ¿tú a quién prefieres?
—Aunque estés casada, ¿dónde está tu esposo? Seguro ni te trata bien, ¿verdad? Si no, ya estaría aquí contigo.
—Cuando te canses de él, mándalo a volar. Yo sí te convengo: mi finca es enorme, soy guapo y, la verdad, soy buenísimo en todo.
Sin ninguna vergüenza, Tobías se fue acercando, estirando los brazos para tratar de atraer a Regina hacia él.
Regina se hizo a un lado, esquivándolo.
—¿Por qué te quitas? —Tobías chasqueó la lengua, molesto. Intentó atraparla a la fuerza, pero Regina se movía ágil, sin dejarse tocar.
En un abrir y cerrar de ojos, la escena escaló y ambos terminaron enfrascados en una pelea. Se lanzaban golpes y bloqueos, midiéndose como dos titanes.
Pablo y Enzo se miraron, pero ninguno intervino. Sabían que si se metían, solo estorbarían. Ambos, Regina y Tobías, eran demasiado fuertes.
La pelea se prolongó varios minutos. Ninguno cedía terreno, y la tensión en el aire era palpable.
Con la respiración agitada, Tobías se detuvo un momento, miró a Regina con admiración y soltó:
—Ahora sí que me gustas más. Eres guapa y tienes agallas. Solo una mujer así puede estar a mi altura. Desde hoy, te declares casada o no, eres mía.
Regina se quedó helada, sin palabras.

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