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El Arquitecto De Mi Refugio romance Capítulo 309

—¿Segura? —Rafael le dio un beso suave en los labios, tentándola.

El corazón de Vanessa latía cada vez más rápido. Sentía el calor que irradiaba de él, y apenas alcanzó a murmurar un “sí” cuando él le atrapó los labios en un beso que la hizo esquivarlo una y otra vez.

No estaba de ánimo esa noche. Le costó un esfuerzo enorme frenarlo, y con la respiración agitada dijo:

—La próxima vez.

Rafael la miró a los ojos sin molestarse, le apretó la punta de la nariz con ternura y respondió:

—Por hoy te perdono.

Se acomodó en su lugar y la envolvió entre sus brazos. Pocas veces se sentaban a compartir de esa manera. Vanessa sintió que la presión se le aliviaba como nunca. Dulce y apacible, se recargó contra él y se quedaron así, en silencio, uno junto al otro.

El celular que había dejado en la habitación no paraba de sonar con notificaciones de mensajes. Vanessa las escuchó, pero no tenía interés en revisar los mensajes. La única persona que podía estar mandándole mensajes era Alexis.

***

Alexis salió del hotel como un alma en pena. La conmoción fue demasiado grande, así que se fue a un bar a emborracharse.

Solo en una cabina privada, se bebió copa tras copa sin llevar la cuenta. Mientras bebía, le enviaba mensajes a Vanessa. Mandó incontables mensajes y, al no recibir respuesta, empezó a llamarla. Pero del otro lado nadie contestó. Vanessa era tan despiadada que no se dignaba a responder una sola llamada ni a contestar un mensaje. Estaba furioso y resentido. No podía sacarse de la cabeza lo que Vanessa y Rafael estaban haciendo esa noche. ¿Cuánto tiempo llevaban juntos? ¿Desde cuándo?

—¡Maldita sea!

La irritación le ardía en las entrañas y estrelló la botella contra el piso.

Un grito agudo resonó en el lugar. Natalia llegó hasta la cabina y se llevó un susto tremendo al verlo en ese estado.

—Alexis, ¿cómo te pusiste así? —Se acercó de prisa, con cara de espanto.

Él tenía la cara enrojecida. Al acercarse, el olor a alcohol era penetrante. Había bebido tanto que se tambaleaba de un lado a otro; no quedaba ni rastro del hombre apuesto y seguro de sí mismo que solía ser.

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