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El Arquitecto De Mi Refugio (Vanessa y Rafael) romance Capítulo 935

—Por supuesto. Hagas lo que hagas, nada se me escapa.

Vanessa levantó el mentón, orgullosa. Esa chispa vivaz y pícara fue despojándola de su coraza de madurez y le permitió a Rafael percibir con claridad su estado de ánimo.

Le fascinaba verla así.

Así era como siempre debió ser.

—De ahora en adelante hablaré contigo de cualquier asunto. Puedes estar tranquila, cariño, soy tuyo.

Vanessa escuchó sus sinceras palabras y sonrió con dulzura, con los ojos llenos de felicidad.

—De acuerdo, tendré muy presente todo lo que dijiste.

Rafael extendió la mano y le pellizcó la nariz con ternura:

—Come rápido, que el pastel se va a derretir.

—Sí.

Vanessa sonrió complacida y siguió disfrutando del pastel. No profundizaron en los demás asuntos relacionados con Camila; con un entendimiento mutuo, evitaron que esa mujer les arruinara el ánimo.

No valía la pena.

Después, cada uno se comunicó con su familia para coordinar una comida al día siguiente y hablar sobre los preparativos de la boda.

Esa misma noche, ya tarde, Bianca, con un maquillaje impecable, subió al auto de Joel para dirigirse juntos a un club nocturno. Era un lugar muy exclusivo; nadie entraba sin cierta posición social.

Joel solía frecuentar a hijos de papi que contaban con abundantes contactos y recursos.

—¿No te preocupa que alguien intente propasarse vistiéndote de esa manera? —preguntó Joel con tono casual mientras caminaba con Bianca hacia el interior del club.

—¿Tan poco estatus tienes? ¿Cualquiera puede manosear o intentar algo con tu mujer?

Ante la respuesta cortante de Bianca, Joel se quedó callado. Esa mujer tenía una lengua afilada. Pero sin duda era muy astuta.

Si se hubiera tratado de una reunión turbia, jamás habría invitado a Bianca. Pronto llegaron al privado. Era el más grande y ocupaba el centro del lugar, con un consumo mínimo obligatorio de cinco cifras.

Por lo general, quienes frecuentaban esos lugares solían gastar sumas muy elevadas. En el interior, la música retumbaba con una energía arrolladora. Los jóvenes que ya ocupaban el privado silbaron en cuanto vieron a Bianca.

—¡Qué hermosa!

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