Camila quedó aturdida por la cachetada. Su voz se volvió más ruidosa.
—¿Cómo te atreves a pegarme?
—¿Cómo te atreves tú? —Vanessa por fin dejó asomar algo de emoción en la mirada: fiereza y seguridad—. Si crees que ser guionista es motivo de burla y menosprecio, el problema lo tienes tú. El valor de un trabajo no depende de tus prejuicios. Y eso que vienes de buena familia, pero lo único que sale de tu boca es basura. Si en serio quieres comparar, me temo que tu supuesta ingeniera de alto nivel se querría morir de vergüenza.
Tres meses atrás, Vanessa habría callado por costumbre. Porque en ese entonces Alexis siempre decía que detestaba a las mujeres hirientes y agresivas. Ella creía que defenderse era algo malo. Durante cinco años le fueron moldeando un carácter cauteloso, sumiso y cobarde.
Pero ahora había despertado. ¿Cómo iba a permitir que alguien así le pasara por encima?
Camila la señaló con el dedo, furiosa.
—¡No eres nadie para despreciarme! A ver si no le digo a Rafa que te ponga en tu lugar...
—Inténtalo. —Vanessa la cortó con voz retadora, sin paciencia para seguir escuchándola—. Si él me hace algo solo porque tú se lo pides, entonces ni falta que hace que me lo digas: yo misma lo dejo.
Lanzó esas palabras con calma, irguió la espalda y se fue.
Vista de espaldas, irradiaba puro orgullo; nada que ver con la mujer pusilánime de los rumores. Camila quedó pasmada. ¿Cómo era posible?
***
La provocación de Camila no le arruinó el ánimo en lo más mínimo. Al contrario, se sentía liberada.
Todos esos años había vivido bajo manipulación psicológica demasiado tiempo; la inseguridad se le había metido hasta los huesos. Que pudiera darse cuenta tan pronto se lo debía a los meses que Rafael llevaba guiándola, acompañándola. Y eso era algo que tenía que agradecerle.
Tal como imaginó, Rafael regresó alrededor de las cinco y la llevó al restaurante a cenar.
—Solo preocúpate por comer; no nos hagas caso a nosotros ni te dé pena. Lo importante es que comas bien —le recordó Rafael con dulzura.
Vanessa sonrió, radiante y enérgica.
—Quédate tranquilo, no pienso contenerme.
En el privado había varias personas: además del señor Galván, estaban los ingenieros del proyecto. En cuanto entraron, todos se pusieron de pie para recibirlos con un respeto reverencial.

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