Vanessa siguió la ubicación hasta llegar a Tecnolab.
A sus espaldas se escuchó el rugido de un motor. Rafael llegó a toda prisa, bajó del auto y se plantó frente a ella. Miró su reloj y sonrió con suavidad.
—A tiempo. Le pido una disculpa a mi esposa por haber dejado que viniera sola.
—Pues sí, como no fuiste a recogerme, me encontré otra vez con el que no se da por vencido —se quejó Vanessa, con un aire mucho más animado que antes.
Rafael la guio hacia el interior del edificio y la miró arqueando una ceja.
—¿Alexis?
Vanessa se encogió de hombros con resignación. El gesto de Rafael se volvió serio y comentó con ironía:
—Mi esposa es demasiado atractiva. De ahora en adelante tendré que andar con más cuidado, no vaya a ser que me la quieran robar.
Vanessa negó con la cabeza sin poder evitar una sonrisa, pero no dijo nada.
Entraron al ascensor y subieron. Al llegar al piso del área tecnológica, las puertas se abrieron. El ingeniero Galván ya estaba esperándolos con su equipo justo frente al ascensor. En cuanto los vio, los saludó con toda cortesía:
—Señor Cisneros, señorita León, bienvenidos. Pasen, por favor.
Vanessa caminó al lado de Rafael y entraron al enorme departamento de ingeniería.
Camila estaba sentada en un lugar bien visible, con cara de llevar un buen rato esperando. Al verlos llegar juntos, su expresión se agrió todavía más.
—Creí que te habías acobardado y no ibas a venir —dijo Camila mirando a Vanessa de reojo, con desprecio.
Esa arrogancia le recordó a Vanessa cómo era ella misma antes de los doce años. En aquella época era caprichosa, consentida y altanera, pero su papá, su mamá, sus abuelos, todos la querían y la consentían con locura. Su papá decía que era muy inteligente, buena de corazón y que siempre salía en defensa de los demás.
Si veía a un niño siendo acosado, se metía sin pensarlo. Su mamá decía que no era berrinchuda, sino segura de sí misma. Que no era caprichosa ni malcriada, sino que tenía una personalidad de firmes convicciones. Que en el fondo era educada y sincera con la gente...
Ya nunca más iba a escuchar a sus padres elogiarla. Ya no estaban con ella para consentirla.
Se le hizo un nudo en la garganta. Sacudió esos pensamientos, alzó la mirada con determinación y preguntó:
Aunque en todos estos años Vanessa no volvió a pisar el mundo del desarrollo tecnológico, el talento es algo que se lleva en la sangre; por más que quiera, no se puede desechar.
—La sobreestimas —dijo Camila con una risa cínica, sin darle la menor importancia. Luego miró a Vanessa—. Empecemos. Espero que no te arrepientas.
—¿Sí? Lo mismo va para ti —respondió Vanessa con una sonrisa, con un gesto suave y sosegado.
Parecía inofensiva, pero algo en ella hizo que Camila sintiera un escalofrío.
¿Sería posible que Vanessa supiera de estas cosas?
Rápido descartó esa idea. En todo el entorno social de Cartaluz, ¿quién no sabía que la heredera de los León era una inútil que solo vivía persiguiendo a Alexis?
Una inútil, ¿cómo iba a competir con ella?
La prueba comenzó.
Las reglas eran simples: Vanessa y Camila tendrían cada una un ingeniero de apoyo. Debían encontrar los fallos del sistema y repararlos.

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