—¿De hace diez años?
Héctor se sorprendió.
—Aunque todas las grabaciones se archivan, con tanto tiempo encima va a ser difícil encontrarlas.
—Se puede acotar la búsqueda. Solo necesito las cámaras de los alrededores del Lago Esmeralda.
—Perfecto, doy la indicación. Cuando vayas, nada más avísame.
Héctor no iba a preguntarle para qué las quería. Su sobrina podía hacer lo que se le diera la gana.
—Gracias, tío.
—Vane...
Ella estaba a punto de colgar cuando escuchó que su tío la llamaba.
—¿Tío? ¿Qué pasó?
Al otro lado de la línea, Héctor rio con timidez.
—Nada, mejor lo hablamos cuando nos veamos.
—Está bien.
Al escuchar la voz familiar y reconfortante de su tío, sintió una calidez dulce, como un abrazo a distancia. Colgó de prisa. Respiró hondo y tardó un buen rato en serenarse.
Los recuerdos del pasado la habían asaltado con frecuencia en los últimos días. A cada rato le venía esa sensación de un pinchazo, como si volviera a aquella vez, diez años atrás, cuando casi se ahogó: una asfixia insoportable.
Por suerte, la llamada de Fernanda la arrancó de sus pensamientos. Al escuchar el timbre del celular, Vanessa dio un respingo. Cuando reaccionó, se dio cuenta de que tenía la espalda empapada de sudor.
—Fernanda, ¿qué pasó?
—Vanessa, ¿es cierto que ya regresaste a Cartaluz? —preguntó Fernanda con su voz animada.
—Sí, acabo de llegar.
—Estos días estoy haciendo los trámites de ingreso en Medios Vanguardia. Quiero invitarte a comer mañana.
No le dio oportunidad de negarse.
—Sé que fue gracias a ti. Sin tu ayuda, jamás habría entrado a Vanguardia. Déjame al menos agradecerte como se debe.

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