Vanessa asintió con docilidad y respondió en voz baja:
—Está bien.
Graciela la vio tan cambiada que su corazón pareció dejar de latir.
Una vez adentro, Graciela la tomó de la mano y la sentó en el sofá de la sala, colmándola de atenciones.
—¿Tienes hambre? Ya casi está lista la cena. Estos años seguro la pasaste mal. Es culpa mía por no haber podido cuidarte como debía. Y otra cosa: ¿qué fue eso que publicaste hoy? ¿No habías terminado con Alexis? ¿Cómo es que te casaste?
Ante la avalancha de preguntas de su tía, Vanessa no sabía por cuál empezar.
El mayordomo entró acompañado de varios empleados del servicio doméstico, cargados de bolsas con manjares y vinos selectos.
Héctor se puso serio.
—Con que vinieras era suficiente, ¿para qué gastas en tantas cosas? La próxima vez no te lo voy a permitir.
Dicho esto, fue a sentarse en la cabecera. Enseguida miró a su esposa como preguntándole: “¿Averiguaste algo?”
Graciela se encogió de hombros y negó con la cabeza.
Vanessa se dio cuenta de que querían preguntarle algo. Sus tíos tenían una personalidad relajada y divertida, pero durante todos esos años que estuvo con Alexis, cada vez que publicaba algo, los sacaba de la lista de quienes podían ver sus publicaciones. Le daba miedo que vieran sus quejas melodramáticas y se molestaran con Alexis.
—Tíos, sí me casé. —Vanessa decidió contarles y los miró con una sonrisa.
Héctor y Graciela se sobresaltaron, intercambiaron miradas de profunda consternación.
Héctor suspiró.
—Ya qué, lo hecho, hecho está. Si tanto quieres a Alexis…
Graciela forzó una sonrisa.
—Así es, Vane. Mientras seas feliz, nosotros te apoyamos. Eso sí, si ese muchacho se atreve a hacerte algo, ¡mando a tu tío a darle una paliza!
Vanessa se conmovió, pero no quería que siguieran con el malentendido, así que aclaró:
—No es con Alexis, es con Rafael.
—Ah, claro, Rafael...
Héctor se quedó paralizado y la miró, incrédulo.

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