Vanessa despertó con el cuerpo adolorido después de una noche entera en la que Rafael no la dejó descansar. Cada paso que daba le resultaba una molestia.
“Este hombre parece un lobo”.
Pero al recordar la intimidad de la noche anterior, no pudo evitar sonreír con los labios apretados y con las mejillas ruborizadas.
Acababa de cambiarse de ropa en el vestidor y se dirigía hacia la puerta para bajar cuando Rafael la abrazó por la espalda.
—Cariño, últimamente has estado muy ocupada, ¿ya te vas otra vez? —le susurró al oído, con su aliento cálido en el cuello.
La sensación de cosquilleo la hizo reír sin parar, y ladeó la cara para esquivarlo.
—En un par de días es tu cumpleaños, y de paso vamos a anunciar nuestro matrimonio. Quiero decírselo al abuelo Roberto en persona, y también avisarle a mi tío y a los demás.
Vanessa se recargó contra él, y al pensar que pronto harían pública su relación, sintió una emoción difícil de describir.
—O sea que con tanta ocupación ya no me haces caso —dijo Rafael, frotando la nariz contra su oreja, meloso y provocador.
Vanessa rio y lo molestó de vuelta.
—Si alguien te viera así, seguro se burlaría de ti.
Rafael apretó las manos que tenía en su cintura e, inhalando el suave aroma que desprendía, respondió con voz perezosa y grave:
—Un hombre que no se arrima a su esposa, seguro tiene a alguien más por ahí.
—¿Entonces quieres decir que tú no tienes a nadie? —Vanessa levantó una ceja con interés.
—Soy un hombre de principios maritales. Por supuesto que no.
—Vaya, qué bien portado es el señor Cisneros.
—Claro que sí, ¿y mi esposa no piensa darme una recompensa?
Rafael la besó y le frotó el cuello, provocándola hasta que le arrancó una risa nerviosa. Su aliento le erizaba la piel, y Vanessa notó que su respiración se volvía más pesada.
Temiendo que la noche anterior se repitiera, apartó las manos de Rafael.
—Señor Cisneros, hay que saber moderarse.
Lo miró con cautela, retrocedió dos pasos, alcanzó la manija de la puerta y salió corriendo. Ya en el pasillo, se devolvió y asomó la cabeza por la puerta.
—Cuidado, no vaya a ser que te quedes sin energías.

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