Aquella actitud altanera le recordó a Natalia a la Vanessa de antes, radiante como el sol.
La envidia corroía a Natalia por dentro. Con los puños apretados, ordenó:
—Déjenla ir.
Vanessa apartó la mirada con desinterés, enderezó la espalda y caminó hacia el elevador.
Rafael esperaba el elevador con las manos en los bolsillos, la cara sombría y aterradora. Camila estaba a su lado, sonriendo con aire triunfal.
—Rafa, te voy a dar tiempo para pensarlo. —Sonrió y levantó la mano para tocarle el brazo—. Solo no me hagas esperar demasiado.
Las puertas del elevador se abrieron. Rafael entró sin darle la menor oportunidad de tocarlo. Camila, sin embargo, estaba de excelente humor; no se molestó y lo siguió con una sonrisa.
Cuando las puertas estaban por cerrarse, Vanessa llegó al elevador. A través de la rendija alcanzó a distinguir vagamente a una persona que se parecía a Rafael, pero no logró verlo bien y no estaba segura de que fuera él. Sacó el celular y le escribió:
“Señor Cisneros, ¿dónde estás?”
No fue sino hasta que llegó a la planta baja que recibió la respuesta de Rafael:
“Quedé con un amigo para hablar de negocios afuera. ¿Pasó algo?”
“Nada, solo preguntaba”.
Vanessa caminó hacia el estacionamiento al aire libre. Al levantar la mirada, alcanzó a ver a lo lejos un auto negro y lujoso que le resultaba familiar, saliendo por la rampa. Pero por el ángulo no alcanzó a distinguir las placas. “Se parece mucho al auto de Rafael”, pensó. Pero no preguntó, para no parecer que lo estaba vigilando.
Después de recoger su auto, Vanessa le envió el video a Natalia y se fue.
***
En el privado, Natalia esperaba con los nervios de punta. En cuanto sonó la notificación del celular, lo abrió sin perder un segundo y siguió el enlace.
Junto a ella apareció una silueta: Alexis, con una cara atractiva pero siniestra. Las imágenes del video eran obscenas, pero las caras de la pareja enredada se distinguían con claridad.

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