Vanessa sintió que el alma le volvía al cuerpo y rio.
—Así es, te extraño. Termina temprano esta noche y vuelve pronto.
Del otro lado se escuchó un revuelo, aunque el ruido fue muy tenue, casi como el de un animalito.
—¿Qué fue ese ruido?
Tras un instante de silencio, Rafael respondió:
—Nada, sin querer tiré algo.
Hizo una pausa y añadió:
—Hoy por la noche tengo algo que hacer. Puede que tarde un poco. Si tienes hambre, no me esperes para comer.
—Bueno, el señor Cisneros es un hombre muy ocupado. Yo aquí lo espero tranquila —bromeó Vanessa, aunque aceptó sin chistar.
—Así me gusta.
Rafael sonó mimoso, pero su mirada era como el filo de una navaja, clavada con furia en Camila.
En ese momento, ella tenía la boca tapada por la mano de él y estaba acorralada contra la pared. Con el cabello revuelto y una mirada desafiante, el forcejeo de hacía un momento había sido ella luchando por hablar.
Cuando Rafael escuchó el tono de llamada finalizada, bajó el teléfono. La mano que cubría la boca de Camila pasó a apretarle las mejillas.
—¿Crees que no me atrevo a hacerte algo?
La expresión de Rafael se ensombreció, con una furia feroz en los ojos. Camila se estremeció.
Pero enseguida sonrió con aire seductor y triunfante.
—Por supuesto que sé que te atreves, Rafa. Tú siempre fuiste así de despiadado, ¿no? Pero qué le vamos a hacer si yo descubrí qué es lo que más te importa en este mundo.
Camila ignoró el dolor en las mejillas; sus ojos delataban una obsesión desquiciada. Rafael apretó las palabras entre los dientes:
—Lo que más detesto es que me amenacen.
Camila sostuvo su mirada y borró su sonrisa poco a poco, le respondió con un tono lleno de rencor:

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