—Esta vez corriste con suerte. La próxima, si te atreves a meterte con mi gente, sobre todo con mi abuelo, no voy a controlarme.
Vanessa colgó el celular y se puso seria. No imaginó que un descuido echaría todo a perder. Al final la descubrieron.
También era culpa suya. Con tal de no poner en riesgo a su abuelo, había arriesgado el todo por el todo y le había pedido a Daniel que consiguiera a un anciano de edad y aspecto parecidos a los de su abuelo para que hiciera el papel.
El maquillista era muy habilidoso; la caracterización quedó convincente y dejó al anciano casi idéntico a su abuelo. Aun así, Édgar lo descubrió.
—Señorita, ya desmontaron las cámaras ocultas y el plan fracasó. ¿Qué hacemos ahora?
Preguntó Daniel; ya no podía ver lo que ocurría en la habitación del hospital. Vanessa no se desanimó. Al menos eso bastaba para que Édgar supiera que ella no era ninguna presa fácil.
—Llama y diles que lleven al anciano de regreso, que lo cuiden bien y que lo dejen sano y salvo en su casa.
Aunque ese anciano no tenía problemas de salud y, además, era un actor profesional, Édgar era cruel y despiadado, y Vanessa no terminaba de quedarse tranquila, así que insistió en ese detalle.
Daniel asintió y llamó enseguida a sus hombres apostados en la habitación.
Por su parte, después de que le colgaran, Édgar estuvo a punto de estrellar el teléfono de puro enojo. Clavó una mirada feroz en el viejo que estaba en la cama.
El viejo fingía dormir y no se atrevía a abrir los ojos. Édgar no pudo contener la furia y lo agarró por el cuello de la camisa para levantarlo.
—¿Hasta te atreves a engañarme a mí? Te dejaré vivir para ganarte el dinero, pero no para gastarlo, para que veas.
Al viejo se le corrió todo el maquillaje y, muerto de miedo, se apresuró a pedir clemencia. Solo cobraba por hacer un trabajo, así que le pidió que se calmara.
Édgar dijo con saña:
—¿Sabes que casi me arruinas? ¿Y todavía quieres que te perdone? Cuando recibiste el dinero, ¿por qué no pensaste si debías meterte en esto?

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