Édgar, estupefacto, palideció.
—¿Qué dijiste?
Rafael se metió las manos en los bolsillos; se veía más distinguido y elegante, y apenas esbozó una sonrisa.
—Si no escuchaste bien, te lo repito.
—Si quieres ir contra Vanessa, también deberías tomar en cuenta mi relación con ella. Si insistes en salirte con la tuya, sin tomar en cuenta que somos esposos, te concederé el gusto, padre. Haré que pagues tus culpas, igual que mi madre.
La voz de Rafael sonaba apagada, casi sin emoción, pero imponía una presión difícil de ignorar. Aunque Édgar llevaba décadas moviéndose en el mundo de los negocios, esa presión lo dejó paralizado. Édgar hervía de rabia; le temblaban los labios sin control.
—¡Bien! ¡Muy bien!
Furioso, miró fijo a Rafael y le gritó:
—Tu madre tenía razón. No eres más que un ingrato sin remedio, un maldito sin corazón.
Después de insultarlo, Édgar se fue furibundo y, al pasar junto a Rafael, le asestó un golpe brutal en el hombro.
Las pupilas oscuras de Rafael se contrajeron; entró en la habitación del hospital y la recorrió con la mirada. Por último, miró al anciano que estaba de pie junto a la cama y lo observó largo rato. En la habitación, nadie se atrevía siquiera a respirar; todos mantenían la cabeza baja.
Rafael, con la expresión severa, sonrió. Después de un momento, sin decir nada, dio media vuelta y salió del hospital a paso firme. En el auto, Ricardo iba en el asiento del copiloto, sin atreverse a hacer el menor ruido.
Era obvio que, para que las cosas llegaran a este punto, además de Édgar, incluso la señora le había ocultado algo al señor Cisneros.
Pobre señor Cisneros. Estaba atrapado entre la señora y la familia Cisneros, en una situación ya imposible de por sí. Aun así, sin dudarlo, hizo muchísimo por la señora. Y al final resultaba que la señora desconfiaba por completo de él.
¿Cómo no iba a dolerle y enfurecerlo algo así?
—Señor Cisneros, ¿volvemos a la empresa o…?

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