A Vanessa se le detuvo el corazón. Entonces lo entendió. Alguien le ordenó a Damián que fuera tras ella y la matara. Y no hacía falta adivinar que había sido Édgar.
Por dentro ardía de dolor y rabia; pálida, lo miraba fijamente:
—¿Por qué no lo dice claro, señor Zárate? ¿Quién le dio la orden a Damián? ¿Tiene pruebas?
—¿Qué, no me cree?
Rodrigo ni se inmutó. Alzó el celular.
—Si quiere saber la verdad, le mando la información. Señorita León, sería mejor que consiguiera otro celular.
En ese mismo momento, Rafael y Leonardo llegaron a la puerta de la habitación. Se escucharon pasos en el pasillo. Rodrigo bajó la mirada, como si ya lo hubiera previsto. De pronto se inclinó hacia Vanessa y bajó la voz:
—Más vale prevenir que lamentar. Hasta de quien la ama hay que cuidarse, ¿no cree?
Rodrigo estaba de espaldas a la puerta e inclinado sobre ella, como si compartieran un momento íntimo. Rafael y Leonardo abrieron la puerta y entraron. Desde ese ángulo, la postura de Rodrigo resultaba de lo más comprometedora.
Parecía que estaba besando a Vanessa. Los dos se quedaron helados.
—Rodrigo.
Rafael lo dijo con frialdad. Cruzó la habitación, lo agarró por el hombro y lo apartó.
Lo fulminó con los ojos enrojecidos.
—¿Qué haces aquí?
Vanessa seguía aturdida; las palabras de Rodrigo la habían inquietado. Al ver a Rafael con la cara tan seria, quiso explicarle.
—Solo le estaba diciendo algo al oído a la señorita León. ¿Está celoso, señor Cisneros?

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