Ricardo se estremeció. Notó que el ánimo sombrío de Rafael se había teñido de tristeza y se podía sentir en el auto. Ricardo apretó el volante sin darse cuenta.
Pasó un largo rato.
Rafael recobró la compostura. Cuando habló, lo hizo con tanta calma que no dejó entrever ninguna otra emoción.
—Al Residencial Los Álamos. No quiero que espere demasiado.
Ricardo obedeció.
En menos de veinte minutos, el auto llegó a la entrada del edificio. Ricardo acompañó a Rafael hasta el ascensor. Rafael le dijo que se marchara, pues no necesitaba que lo acompañara.
—Subiré con usted antes de irme. —Ricardo seguía preocupado.
—No es necesario. Vete.
El tono de Rafael no admitía réplica. Ricardo tuvo que obedecer. Volteó varias veces mientras se alejaba. Entonces, las puertas del ascensor se abrieron y vio a Rafael entrar, lo que lo tranquilizó un poco.
Aun así, no dejó de preocuparse. Sacó el celular y le envió un mensaje a Vanessa. Después de bañarse, Vanessa se sentó en el sofá a esperar. Revisaba el celular de vez en cuando, pero Rafael no le había enviado ningún mensaje ni la había llamado.
Estaba muy preocupada.
Por fortuna, mantenía contacto con Ricardo y sabía que Rafael estaba bien. Solo por eso logró contenerse y no llamarlo. Entonces recibió un mensaje y se apresuró a abrirlo.
“El señor Cisneros ya subió”.
El chat seguía mostrando que Ricardo estaba escribiendo. Vanessa esperó más de un minuto. Al final, recibió otro mensaje:
“Señora, el señor Cisneros se preocupa mucho por usted. Espero que usted se preocupe tanto por él como él por usted”.
Vanessa se alarmó.
Presintió que algo malo había ocurrido. Iba a pedirle explicaciones a Ricardo cuando la puerta emitió un sonido y se abrió desde afuera. Alto y esbelto, Rafael cruzó el umbral con una actitud fría.

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