—Por ahora no encontramos pruebas que lo impliquen.
Rafael levantó la mirada, tranquilo, aunque sus ojos oscuros dejaban ver cierta cautela.
—¿Por qué lo preguntas así?
Vanessa sintió una punzada. Le costó ponerle nombre a lo que sentía; no era decepción, sino más bien incredulidad.
—¿No hay ni una sola novedad?
—Ya dimos con los responsables del ataque con el auto; pronto habrá resultados. Vane, estos días descansa, que del resto me encargo yo.
A Vanessa se le dio un vuelco el corazón. No dijo más; apenas sonrió y asintió.
—Está bien. Confío en ti.
Le sostuvo la mirada a Rafael, firme.
“Debería confiar en él”, pensó.
En una relación, lo más importante era la confianza. No podía dudar, por unas cuantas palabras ajenas, de un hombre al que ni siquiera le importó arriesgar la vida. Rafael le acarició la mejilla con una sonrisa cálida.
—Con que me digas eso, me basta.
Conmovido, se inclinó y le besó la punta de la nariz.
—Tómate el consomé mientras está caliente. Tienes que comer bien para recuperarte del todo.
—Mmm.
Vanessa sonrió. Rafael le fue dando el consomé cucharada a cucharada. Llenaba la cuchara, se la acercaba a los labios y ella aceptaba una tras otra. Al poco rato, acabó con todo el tazón.
Había llegado a la hora del almuerzo y se fue pasadas las dos. Antes de irse, se inclinó y le besó la frente con ternura.
—Si te cansas, duerme un rato. Más tarde vuelvo para acompañarte.

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