Bianca se fue enseguida. Sergio apretó los labios y carraspeó sin darse cuenta. Andrea Estrada tocó la puerta y entró; lo miró extrañada.
—Sergio, ¿qué tienes? ¿Por qué estás tan rojo? ¿Tienes fiebre?
Estiró la mano para tomarle la temperatura. Incómodo, Sergio se echó hacia atrás y esquivó la mano con disimulo.
—No me pasa nada, solo tengo un poco de calor.
¿Calor? Andrea miró el aire acondicionado y vio que estaba apagado.
—Con razón tienes calor; el aire acondicionado ni siquiera está encendido.
No le dio más importancia al asunto.
—¿Me acompañas a comer a mi casa esta tarde? Mi mamá no deja de insistir; tienes que salvarme.
Juntó las manos en actitud suplicante.
—Mmm... Está bien —dijo Sergio con calma.
A Andrea se le iluminó la cara. Bajaron a buscar los autos y encontraron el de Bianca estacionado al lado del de Sergio. Bianca tenía la ventanilla abierta y parecía preocupada porque el auto no encendía.
Lo intentó varias veces, sin éxito.
—Señorita Torres, ¿qué le pasa?
Bianca no notó que estaban allí hasta que escuchó a Andrea y miró por la ventanilla. Apenas miró a Sergio, solo lo suficiente para ser cortés.
—Nada. Solo que el auto no enciende.
Andrea dejó escapar un “ah”, con cierto apuro.
—¿Y ahora qué va a hacer?

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