Desde que murió su madre, Vanessa padecía una secuela que le provocaba una fuerte reacción física cada vez que pisaba un lugar como ese.
Cuando murió su padre, llegó a desmayarse de tanto llorar en los brazos de Alexis.
Había perdido a sus seres más queridos y por eso sabía mejor que nadie que debía valorar a quienes aún tenía cerca.
—Señorita, ¿se encuentra bien?
Daniel la vio pálida y le preguntó en voz baja, preocupado. Vanessa negó con la cabeza; en ese momento, despedir a la difunta era lo más importante. Respiró hondo varias veces para tranquilizarse.
Aguantó como pudo hasta el final de la ceremonia y entonces recuperó un poco de color. Salieron juntos del cementerio y, ya junto a los autos, Vanessa presentó formalmente sus condolencias a Susana:
—Señorita Aguirre, la acompaño en el sentimiento.
—Gracias, señorita León.
Susana sostenía con fuerza la mano de Emilita. La niña ya no lloraba; tenía el cabello cubierto de pequeñas gotas de lluvia y los ojos hinchados por el llanto. Verla así resultaba doloroso.
Vanessa también tenía el cabello y la ropa empapados. La lluvia había enfriado el ambiente, así que le pidió a Daniel que llevara a Emilita al auto, le secara el cabello y la ayudara a entrar en calor.
—Señorita Aguirre, ¿qué piensa hacer ahora? —preguntó Vanessa, que se sentía culpable por lo ocurrido a esa familia.
Si no hubiera insistido en investigar lo ocurrido con la grabadora, quizá nada de aquello habría pasado. Susana tenía bolsas bajo los ojos y parecía llevar varias noches sin dormir bien. Aún no cumplía treinta años y solía cuidar mucho su aspecto, pero ahora aparentaba varios años más.
—Seguir trabajando y cuidar de mi hija —respondió casi sin fuerzas—. El papá de Emilia es un desgraciado. Me fue infiel, se divorció de mí y se fue a vivir con la otra. Y ahora que mi mamá ya no está, yo...
Se le quebró la voz y no pudo continuar hablando. Vanessa no soportaba escuchar aquella historia y tuvo que contener las lágrimas. Una familia entera, deshecha.

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