Nora Vargas apuntaba a la cara de Roberto con el dedo mientras lo insultaba. Roberto se apoyaba en el bastón, encorvado por la edad y la enfermedad.
Vanessa corrió hacia él, temerosa de que el altercado lo afectara, y empezó a hacerle preguntas atropelladamente.
—Abuelo, ¿estás bien? ¿Por qué viniste? ¿Tomaste tu medicamento?
Roberto parecía tan tranquilo como siempre. Nora no había conseguido hacerlo enojar; Roberto, en cambio, miró divertido a Vanessa.
—Mi niña, ¿por qué tantas preguntas a la vez? Mírame. ¿Te parece que me pasa algo?
Era cierto. No parecía estar mal. Aun así, Vanessa no lograba tranquilizarse. Todos los miembros de la segunda rama de los León eran unos desalmados, capaces de destruir a cualquiera sin el menor remordimiento.
Vanessa había oído las cosas descaradas que habían dicho unos momentos antes. Su abuelo siempre había sido muy indulgente con esa rama y temía que se tomara el altercado demasiado a pecho y que el disgusto terminara por enfermarlo.
—Vamos. Llamemos a la policía y dejemos que se encargue de todo, ¿sí?
Vanessa tomó a Roberto del brazo para llevárselo, pero Nora se interpuso en su camino.
Quería sujetar a Roberto para que no se fuera. A diferencia de Vanessa, Roberto era mucho más indulgente y fácil de manipular.
Sin embargo, Nora ni siquiera logró tocarlos. En cuanto Nora intentó acercarse, Rafael ordenó a sus hombres que la detuvieran.
—¡Si sigues con este escándalo, haré que te encierren junto a tu hijo!
Nora sabía quién era Rafael. En otras circunstancias, habría temido enfrentarse a él.
Pero el caso de Yolanda ya era público. Nora hizo un escándalo y le preguntó qué derecho tenía el hijo de una asesina a hablarle así.
—Todo esto fue un plan tuyo y de Vanessa para tenderle una trampa a mi hijo. Si no, ¿cómo explicas que secuestraran a Yolanda? Con todo el dinero que tienen, los Cisneros son capaces de cualquier cosa. ¡Ustedes lo planearon todo!

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