—Édgar, cuando me haya ido, cuídate mucho. Tú también, Alexis.
Yolanda tenía los ojos enrojecidos y húmedos; no encontraba fuerzas para despedirse.
—Ahora tu hermano solo piensa en esa perra de Vanessa. Está dispuesto a darles la espalda a sus padres. Está tan enamorado que es capaz de poner a Vanessa por encima de su familia. Como ya no puedo contar con él, de ahora en adelante tendrás que cuidar de tu padre.
Alexis se quedó de pie a un lado, en silencio. Después de escucharla, asintió y le prometió:
—No te preocupes, mamá. Ahora lo más importante es que estés a salvo. Cuando llegues a tu destino, encontraremos la manera de ir a buscarte.
—Está bien.
—Me quedaré aquí contigo estos días. En todos nuestros años de matrimonio, nunca habíamos estado separados tanto tiempo —dijo Édgar después de negar con la cabeza.
—Ni siquiera sabemos cuándo volveremos a vernos.
—Si ambos se quedan aquí, será más fácil que nos descubran. También me preocupa que esto afecte tu salud —objetó Yolanda, dejando ver su disgusto.
Édgar ignoró sus objeciones e insistió en quedarse. Yolanda no entendía por qué actuaba así; nunca antes había sido tan insistente. Quizá la parálisis lo había llevado a valorar más a la mujer que tenía a su lado.
¡Qué inútil!
Aun así, tuvo que aceptar que se quedara. Como máximo, tendría que soportarlo dos días más. Esa noche, Yolanda y Édgar se retiraron a la habitación principal del segundo piso.
En la habitación ardía una vela. Mientras conversaban, a Yolanda la venció el sueño; los párpados le pesaron hasta cerrarse y cayó profundamente dormida.
Édgar sonrió sin calidez, sacó un cuchillo y reabrió una herida con costra en la parte posterior del hombro de Yolanda.
Después, extrajo con unas pinzas el pequeño chip de la cuenta. Édgar contempló el chip con gesto triunfal y luego miró a Yolanda sin emoción. A primera hora de la mañana siguiente, Édgar y Alexis se marcharon.

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