Temía que Susana corriera peligro. Ahora era su única esperanza. Rafael estaba reunido con varios ejecutivos en un club privado. Detrás de los ejecutivos esperaban varios sicarios de Rafael con aire amenazante.
En ese momento, los directores temblaban. Los sicarios no eran lo peor. Lo aterrador era la presencia sombría de Rafael. Parecía capaz de matarlos en cualquier momento.
Todos sabían lo despiadado que era Rafael al frente de Grupo Firax; fuera de la empresa lo llamaban el diablo en persona.
Por eso, se dejaron convencer por Édgar y su esposa para intentar expulsar a Rafael de la sede corporativa. La vez anterior, Rafael los advirtió y tomó represalias contra otros dos accionistas para darles un escarmiento. Esta vez, Édgar juró que lograría echar a Rafael.
En cuanto aceptaron, Rafael los convocó allí. Creyeron que Rafael intentaría sobornarlos, pero los recibió con amenazas. Rafael imponía con su sola presencia, pero se dirigía con dulzura a la persona al otro lado de la línea.
—Está bien. Espérame en la oficina.
—Está bien.
Tras escuchar la respuesta de Vanessa, Rafael colgó y jugueteó con el celular. Los recorrió con la mirada. Su voz grave encerraba una amenaza mortal.
—Si firman, recibirán una compensación para retirarse. Si no, toda su familia terminará bajo tierra.
La amenaza hizo que los directores temblaran aún más.
—Vivimos en un país civilizado —protestó uno de ellos, indignado—. No puedes hacer lo que se te dé la gana. Atrévete a ponernos un dedo encima...
Rafael perdió la paciencia y le hizo una seña a uno de sus hombres. Uno de los sicarios, situado detrás del ejecutivo, le clavó un cuchillo en la pierna. El atacante tuvo cuidado de no alcanzar la arteria femoral, pero aun así la herida sangró abundantemente.
El ejecutivo se desplomó de dolor. Sus alaridos resonaron por toda la sala privada y dejaron pálidos a los demás. Rafael se levantó y se acercó despacio al ejecutivo tendido en el suelo.
—¿No vas a firmar?
Rafael se cernió sobre el ejecutivo con actitud intimidante. El hombre se aferró al muslo ensangrentado, con la cara pálida por el dolor y el miedo.

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