Diego quedó atónito. A lo largo de esos años, casi todos los que se atrevieron a decirle algo así a Rodrigo terminaron muertos. Ese era el mayor tabú para Rodrigo.
Ricardo, en cambio, quedó satisfecho. Los Zárate llevaban tiempo haciendo de las suyas en Cartaluz y Ricardo ya estaba harto de tolerarlos.
Camila solo tuvo una oportunidad porque Rafael, por respeto a los antiguos vínculos, se había mostrado indulgente con ella. De no haber sido así, conociendo la forma de actuar de Rafael, no se habría conformado con sacar a la luz los asuntos privados de Camila.
La familia Zárate formaba parte de la alta sociedad de la capital, pero contaba con muy pocos descendientes de esa generación.
De no ser por eso, Rodrigo nunca habría llegado a dirigir Corporativo Zarza.
Además, todos sabían que los Zárate no habían encontrado a Rodrigo ni lo habían llevado de vuelta con ellos hasta que cumplió once años.
Antes de volver con los Zárate, Rodrigo tenía el aspecto de un niño mendigo y vivía con su madre en un cuartucho destartalado de Cartaluz.
Aunque Rodrigo había borrado todo rastro de aquel pasado, Rafael había investigado esa etapa y conocía cada detalle.
—¡Rafael!
Rodrigo apretó la mandíbula, con la expresión endurecida por la ira. Rafael no se inmutó ante su enojo, apagó el cigarrillo, se levantó y se acomodó el traje. Rafael lo miró con una hostilidad asesina; la presión era abrumadora.
—No intentes manipularme. No estás a mi nivel.
Se dio la vuelta y salió; incluso de espaldas, imponía respeto. Rodrigo ardía de furia; apretó los puños hasta que le crujieron los nudillos. Vanessa llevaba un rato sentada en el auto e iba a escribirle a Rafael para preguntarle adónde había ido.
La puerta se abrió y Vanessa percibió el aroma familiar de Rafael antes de verlo entrar al auto.
Al verla con el celular en la mano, Rafael le acarició el cabello con ternura y preguntó:
—¿Qué pasa? ¿Ya te cansaste de esperar?
—Estaba preocupada por ti. ¿Adónde fuiste?
—Fui a ver a alguien. Solo conversamos un poco.

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