Alexis esperaba afuera. Después de revisar a Édgar, la policía lo condujo al interior en su silla de ruedas.
Yolanda llevaba varios días atada a la cama. Durante ese tiempo se había tranquilizado, pero al ver a Édgar, su mirada permaneció apagada.
Parecía apática y ausente.
—¿Por qué viniste?
Habló en voz baja y sin emoción; verlo no parecía causarle la menor alegría. Édgar la miró con indiferencia, como si disfrutara de verla en ese estado.
—Nuestro hijo está afuera. Estamos preocupados por ti, así que vinimos a verte.
Mientras hablaba, Édgar volvió a adoptar un tono cariñoso. Le tomó la mano y guardó silencio durante un buen rato con expresión afligida.
Yolanda detestaba que la tocara. Retiró la mano de golpe, aunque apenas tenía fuerzas.
Casi no había comido en esos días. Pensar que tal vez pasaría el resto de su vida en prisión y no volvería a ver a la persona que más amaba le había quitado las ganas de seguir viviendo.
—Cuida bien de Alexis, Édgar. Es un buen hijo. Ha sufrido mucho todos estos años; pase lo que pase, debes tratarlo bien.
—Lo sé. No te preocupes. Aunque no me lo pidieras, cuidaría bien de nuestro hijo.
Édgar suspiró hondo, dolido.
—Tal vez nos equivocamos desde el principio. Si no hubiéramos tratado de emparejar a Alexis con Vanessa, quizá nada de esto habría ocurrido.
—Por ahora, el puesto de Alexis está a salvo y él puede seguir en la sede, pero Rafael ya no reconoce ni a su familia. Hasta a mí me echó. Me temo que algún día...
Dejó la frase inconclusa. Lo que quiso insinuar era más que evidente. Tal como Édgar esperaba, Yolanda recobró el ánimo y se mostró esperanzada.

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