¡Vaya que la subestimó!
Tras volver a casa y ducharse, Bianca terminó su rutina de cuidado facial y fue a tomar agua. Entonces sonó el timbre.
¿Quién podría ser a esas horas?
Al llegar a la puerta, miró la figura en la pantalla de la cámara de vigilancia y entrecerró los ojos.
Era Sergio.
El timbre no dejaba de sonar. Sergio lo presionaba con insistencia, como si hubiera ocurrido algo. El celular que Bianca había dejado sobre la isla de la cocina se iluminó y vibró. Entonces recordó que lo tenía en silencio.
Bianca lo pensó mucho y, tras dudar un largo rato, tomó la manija y abrió. Sergio apareció ante ella, alto y erguido. Su cara, siempre amable, estaba tensa, como si alguien lo hubiera ofendido.
—¿Te sientes mal? —preguntó Sergio, visiblemente preocupado.
Bianca, vestida con un camisón negro de seda y tirantes finos que delineaba sus curvas perfectas, permaneció detrás de la puerta y lo miró confundida.
—¿Que si me siento mal?
La pregunta le pareció absurda. Un segundo después, Sergio entró apresuradamente y se plantó frente a ella.
—¿No faltaste a la cita de esta noche porque te sentías mal?
Sergio preguntó, molesto:
—Bianca, ¿así consigues tus oportunidades de trabajo?
Bianca entendió de pronto a qué se refería. Ontiveros ya conocía a Sergio, quien quizá también estaba enterado de lo ocurrido esa noche. Pero no tenía derecho a hablarle de una forma tan hiriente ni a presentarse ahí para humillarla de nuevo.
Era intolerable.
—Haces tantas cirugías, ¿cómo no has podido curarte ese hocico? Sergio, ¿quién te dio derecho a lastimarme cada vez que abres la boca?
Sergio suspiró.

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