El punto de encuentro fue un hotel de Grupo Firax. Al llegar Vanessa y Rafael, el mesero se apresuró a guiarlos y abrió la puerta del privado. Vanessa entró tomada del brazo de Rafael.
Para ese momento, Roberto y Antonio ya estaban sentados a la mesa conversando. Al escuchar que entraban, ambos voltearon hacia la puerta.
—Abuelo.
Vanessa saludó con voz dulce. Soltó el brazo de Rafael y se quedó de pie con actitud dócil. Al verla así, a Rafael le quedó un mal sabor de boca.
¿Su posición estaba por debajo de la de los dos abuelos?
—Abuelo, señor Roberto.
Saludó Rafael en tono sereno y con modales intachables; el traje oscuro que vestía resaltaba su porte distinguido. En cualquier circunstancia, siempre conservaba esa presencia imponente.
—Por fin llegaron —comentó Antonio.
—Ya que están aquí, siéntense de una vez; no tardarán en servir la comida —añadió Roberto.
—Gracias, abuelo.
Vanessa caminó con paso ágil hacia Roberto y se sentó a su lado.
Rafael, respetuoso de las formalidades, se dirigió al lado de su abuelo. En cuanto tomó asiento, tomó la jarra y fue primero a servirle agua a Roberto.
Solo después de servirle a él, le llenó el vaso a Antonio. Aquello era muestra de educación y respeto. En ese aspecto, Roberto no tenía ningún reproche que hacerle.
—Bueno, ya no te afanes. Siendo el presidente del grupo, ¿qué es eso de estar sirviéndonos? Siéntate —ordenó Roberto.
A pesar de sus años, no perdía nada de su autoridad. En especial con aquel traje gris de gala, con el que imponía presencia y carácter.
—Roberto tiene razón; toma asiento —secundó Antonio.
—De acuerdo, abuelo.

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