—Todo es mi culpa por inútil, no puedo acordarme ni de algo tan simple. No sirvo para nada, no pude ayudarla en nada. Perdóneme. Usted me ayuda tanto y yo no puedo hacer nada por usted.
—No diga eso, no tiene la culpa. Por favor, no se presione.
Vanessa se apresuró a sostenerle las manos para impedir que siguiera golpeándose y la consoló con paciencia.
En cuanto Juana se calmó, Vanessa le pidió a Daniel que enviara a alguien a llevarla de vuelta a la casa de seguridad.
Daniel acompañó a Vanessa escaleras abajo. Al saber que Juana seguía sin poder recordar aquellos sucesos, se sintió bastante culpable.
—Señorita, no debí hacerla venir. Creí que esta vez doña Juana recordaría algo, pero resultó ser una falsa alarma.
—No pasa nada, dejemos que las cosas sigan su curso.
Vanessa respiró hondo, tratando de calmarlo a él y a sí misma. Antes de subir al auto, recordó algo y continuó con sus instrucciones:
—Mantén vigilada la zona de Puerto Técnico. Si no hay esperanzas con doña Juana, Natalia también podría ser una vía para avanzar.
—Y también está Susana; ambas son piezas clave en todo este asunto.
Daniel asintió con mucho respeto.
—Entendido. Enviaré a alguien para localizar a Natalia cuanto antes y haré que protejan en secreto a Susana.
—Bien.
Cuando Vanessa regresó del hospital a casa, ya había oscurecido. Rafael ya había preparado la cena. Al entrar y percibir el aroma de la comida, sintió una especial sensación hogareña; la casa era cálida y le transmitía una gran tranquilidad.
Era justo la calidez que Vanessa más anhelaba y la que más le había faltado.
—¿Llegaste?
Al escucharla, Rafael volteó hacia ella mientras preguntaba. Sonrió con una ternura tan cálida que pareció un rayo de sol sobre Vanessa. El frío que ella traía de la calle se disipó en ese momento.
Vanessa caminó hacia él con una sonrisa dulce.
—Qué hacendoso es el señor Cisneros, otra vez me preparó de comer.
El aroma que él desprendía era muy agradable. La suave fragancia fresca de cedro estimuló los sentidos de Vanessa y la hizo relajarse en cuerpo y alma. Llevaba sus habituales pantalones negros y camisa blanca con las mangas arremangadas. Ni siquiera el delantal lograba ocultar su porte distinguido natural.

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