—¡Suéltate! —ordenó Benicio con una firmeza inusual, rodeándola directamente por la cintura para sujetarla.
—¡¿Por qué no te vas y me dejas en paz?! —exclamó Estefanía, negándose a girar la cara hacia él.
Benicio pareció entender.
—¿Eres tonta o qué? ¿Qué necesidad tienes de cuidar las apariencias conmigo? ¿Qué importa que hayas vomitado? Nos conocemos desde hace más de diez años, ¿qué faceta tuya no he visto? ¿Acaso hay alguien en este mundo que te conozca mejor que yo?
—¡Benicio! —Estefanía tuvo que admitirlo: no importaba cuántas veces dijera que eran extraños, Benicio siempre encontraba la manera de hacerla estallar de furia. Lo fulminó con la mirada—. ¿La persona que mejor me conoce en este mundo? ¿Cómo tienes el descaro de decir algo así?
Porque la conocía mejor que nadie, sabía exactamente dónde estaban sus debilidades, y por eso le había sido tan fácil herirla, ¡dejarla completamente destrozada!
Su expresión se endureció por un instante. La apretó contra su pecho.
—Tienes razón, fue mi culpa. Pero esta noche, solo por esta noche, confía en mí una vez más. Te juro que no te haré daño.
—Suéltame, puedo caminar sola. —Ella misma sabía que no podía quedarse ahí, aferrada a la barandilla en medio del oleaje. Liberó una mano para empujar a Benicio y, apoyándose en la pared del barco, comenzó a caminar lenta y trabajosamente hacia el otro lado.
Menos mal que su pie ya estaba recuperado en más de un ochenta por ciento. De lo contrario, no quería ni imaginar cuántas veces se habría caído en el trayecto.
Benicio no la forzó más. Se quedó observando cómo avanzaba, tropezando y tambaleándose con el vaivén del barco, hasta que finalmente llegó al otro extremo de la cubierta.
Los marineros estaban sentados ahí mismo, en el suelo, con un guiso que burbujeaba sobre una hornilla de alcohol. El aroma picante y delicioso flotaba en el aire, disipando un poco el olor salado y penetrante del mar.
—Siéntate aquí. —Benicio encontró un lugar vacío y le señaló el espacio a su lado.
Esta vez, Estefanía no discutió. No iba a meterse en medio de los marineros.
—Vente a comer algo, muchacha, para que se te pase el susto —la invitó uno de los hombres, pasándole un plato y cubiertos desechables.
—Gracias. —Con más gente alrededor, el miedo de Estefanía al mar profundo disminuyó un poco, pero seguía teniendo frío, sobre todo porque una ola la había salpicado mientras estaba en la borda.
Los marineros comentaban lo que había pasado, todavía incrédulos.
—¿Cómo pudo pasar algo así? ¡Es la primera vez que nos toca ver algo parecido!
La verdad es que Estefanía todavía no tenía claro quién la había secuestrado ni por qué.
Había un policía a bordo, pero no diría nada hasta que el caso estuviera cerrado.
Tenía que admitirlo: cuando estás temblando de frío, esa sensación de calor picante que se extiende por cada poro del cuerpo es increíblemente reconfortante.
El hombre soltó una carcajada.
—Te sirvo otro poquito, pero solo un poquito, que tu novio ya me está matando con la mirada.
Todos se rieron.
Estefanía miró a Benicio e inmediatamente aclaró:
—Él no es mi novio.
—¿Ah, no? —se disculpó el hombre—. Discúlpame, qué malentendido. Es que con lo preocupado que andaba, pensé que era tu novio.
—Solo fuimos compañeros —dijo Estefanía y, mientras el hombre le decía «¡Oye, con calma, bébetelo despacio!», se terminó de un trago el nuevo chorrito que le había servido.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Baile de Despedida del Cisne Cojo
Es verdad sale muy caro liberar capitulos...
Muy bonita la novela me encanta pero pueden liberar mas capitulos yo compre capitulos pero liberar mas capitulos sale mas caro...
Muy bonita novela desde principio cada capítulo es un suspenso...