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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 612

Ese era el estilo de su primo.

Ese día, Gilberto la dejó en la puerta de la escuela.

En realidad, los exámenes finales ya habían terminado y deberían estar de vacaciones, pero la escuela estaba dando cursos de regularización, así que el campus seguía lleno de gente.

Buscó a Benicio entre la multitud, queriendo advertirle que llevara a su abuela a un chequeo para detectar cualquier problema a tiempo.

Pero decírselo directamente parecería muy extraño.

Lo vio caminando junto a otro chico.

Aceleró el paso para alcanzarlos y fingió pasar junto a ellos, pero fue él quien la llamó.

—¡Estefanía!

Ella volteó.

—¿Por qué corres tan rápido? —le preguntó Benicio.

—Ah, no te había visto. —La mente de Estefanía trabajaba a mil por hora, pensando en cómo darle la advertencia.

El chico junto a Benicio comentó:

—Estefanía, ¡qué ojeras traes! ¿No dormiste anoche por quedarte jugando en el celular o qué?

Si Estefanía no descansaba bien, le salían ojeras fácilmente. El comentario de su compañero le dio una idea.

—De hecho no dormí bien, es que una viejita vecina del pueblo se puso mala.

Suspiró con pesar.

Por supuesto, no existía tal vecina en el pueblo.

—Por eso digo, si un adulto mayor tiene algo raro, hay que llevarlo al hospital a checarse. Esta señora ya tenía síntomas, bajó de peso de volada. En el pueblo decían que una cosa es ser delgado y otra muy distinta adelgazar de golpe: eso es foco rojo, y pues si siempre hubiera sido flaca, va, pero adelgazar así de repente es una alerta del cuerpo. Además… —Estefanía recitó todos los síntomas tempranos de la enfermedad de la abuela de Benicio.

La cara de Benicio cambió drásticamente en cuanto escuchó lo de la pérdida repentina de peso. Con cada síntoma que Estefanía mencionaba, él se ponía más pálido.

Finalmente, Benicio no aguantó más y le dijo a su compañero:

—Hazme el paro de pedir permiso al maestro por mí, me acabo de acordar que tengo un asunto en casa.

—Ah… órale pues —respondió el compañero, confundido.

En esa ocasión, el médico le sugirió ir al hospital para un examen detallado y le dijo que le apartaría una cita.

Fue la semana pasada, y ahí le detectaron la enfermedad.

Sabía que cualquier cosa relacionada con la palabra «cáncer» era difícil de curar.

El doctor quería que se hospitalizara, pero ella no quiso.

No quería dar problemas.

Problemas de dinero, problemas para el muchacho.

Pero este doctor fue muy insistente y volvió a llamarla.

Lo pensó bien y decidió ir.

Cuando Benicio llegó a casa, ella ya estaba en el hospital. El médico se apellidaba Caicedo.

AVISO PARA LECTORES:

Queridos lectores, agradecemos su entusiasmo y apoyo hacia esta novela. Nos comprometemos a continuar con una actualización de capítulos el próximo viernes, 2 de enero. ¡Gracias por su paciencia y respaldo!

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