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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 623

Bajo el árbol de alcanfor, Agustín sacó dos boletos.

—Mira, ¿qué es esto?

Los ojos de Estefanía se iluminaron.

—¡Guau! ¿Boletos para la presentación de la maestra Montoya?

Agustín asintió con una sonrisa.

¿Cómo…? ¡El corazón de Estefanía daba saltos de alegría!

Era su Sra. Montoya.

¡Era la Sra. Montoya, quien descubrió su talento en la academia de danza!

¡Era la Sra. Montoya, quien la siguió cuidando incluso cuando no pudo volver a los escenarios por su lesión en la pierna!

¡Era la Sra. Montoya, que la defendió incondicionalmente cuando estuvo inmersa en aquel escándalo de ciberacoso!

Solo que, en esa otra vida, la Sra. Montoya ya no bailaba; se dedicaba exclusivamente a la enseñanza. ¡Cuántos años hacía que no veía a la deslumbrante Sra. Montoya en el escenario!

¡Esos dos boletos de Agustín le cayeron como anillo al dedo!

—¡Agustín! —Su sonrisa brillaba con una luz conmovedora bajo el sol de verano—. ¿Cómo sabías que me gusta la Sra. Montoya?

Agustín inclinó la cabeza y sonrió.

—No lo sabía. Solo vi que esta maestra es del ballet de la Universidad Nacional de la Danza. ¿Esa no es la universidad de tus sueños? Así que los aparté con tiempo.

¡Eran los mejores asientos!

Si no los hubiera reservado antes, ¡seguro no los conseguía!

—Entonces, ¿la prisa por salir hace rato era para recoger los boletos? —Los ojos de Estefanía destellaban.

—¡Sí! —La sonrisa de Agustín era tan radiante como el día de verano—. La paquetería me mandó mensaje.

Estefanía sostenía los boletos y la sonrisa no se le borraba.

—Es para esta noche, yo...

—Vamos ahorita mismo. Cenamos algo cerca y luego hacemos fila para entrar. ¡Nos da tiempo! —Parecía que Agustín tenía todo planeado.

—Me voy al hospital —dijo Benicio.

—Ah... —Iván sintió que el ambiente estaba medio raro, pero no entendía qué pasaba.

Benicio no salió por la puerta principal de la escuela, sino por la trasera, en dirección opuesta a Estefanía. Sin embargo, mientras caminaban en sentidos contrarios, no pudo evitar voltear a mirar una vez más. Si no vio mal, en ese mismo instante, Agustín también volteó a mirarlo.

El sol deslumbraba y la distancia era demasiada; ninguno de los dos pudo distinguir la expresión del otro.

Para Estefanía, aquella fue la función más especial que había visto.

En ese momento, su edad mental superaba los treinta años y, habiendo pasado por incontables sufrimientos, ver a la joven Sra. Montoya en el escenario le provocó una emoción que parecía venir de otra vida.

Juventud, pasión y fuerza.

La energía en la danza de la Sra. Montoya contagió a Estefanía, quien, sentada en la audiencia, no pudo evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas.

Compró un ramo enorme de flores y subió al escenario para entregárselo a la maestra tras el telón final. Solo que, en este tiempo, la Sra. Montoya no la conocía. Al ver a esa chica llorando y riendo al mismo tiempo frente a ella, se quedó un poco desconcertada.

—Maestra —dijo Estefanía, apenada—, bailó increíble. ¡Estoy conmovida!

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