Esta vez, Estefanía se la estaba jugando.
Si perdía la apuesta, cambiaría de estrategia.
Por ahora, no estaba claro si había ganado, pero definitivamente no había perdido.
—¿Por qué te inscribiste de repente al concurso de oratoria? —le preguntó Benicio después de un rato de mirarse fijamente.
—¿No vas a preguntarme qué pasó en la cafetería? —Estefanía pensó que al menos preguntaría eso.
Benicio guardó silencio.
Estefanía lo sostuvo con la mirada hasta que él finalmente dijo:
—No importa.
—¿No importa? —¿Qué significaba eso?
Benicio suspiró.
—Estefanía, nunca habías llorado así. ¿Qué te pasa últimamente?
Estefanía hizo memoria. Era cierto, desde que se conocían, ella siempre había sido tranquila, sin grandes alegrías ni grandes tristezas.
—Si te digo que no me cae bien Cristina, que no me gusta que se te acerque, ¿qué pensarías? —Lo dijo directo y sin rodeos, algo que la Estefanía de esa edad no diría.
Benicio sonrió con incredulidad. Claramente, no le creía.
—Estefanía, llevamos un año sin hablarnos —señaló de nuevo. Que dos personas que llevaban un año sin hablarse tuvieran esa conversación no era normal—. ¿Acaso Delfina te dijo algo?
Estefanía entendió: él creía que ella estaba defendiendo a Delfina, porque Delfina había dejado muy claro que detestaba a Cristina y cada vez que se veían sacaban las garras.
—Benicio, ¿no me preguntaste por qué me inscribí al concurso?
Él la miró, esperando la respuesta.
—Quiero ganarte. Y claro, también a Cristina.
La cara de Benicio mostró una vez más esa expresión de impotencia.
Estefanía sabía que esa resignación significaba: «No te creo».
Después de un rato, dijo:
—Ajá. —Estefanía asintió—. Si yo gano, tienes que prometerme una cosa.
—¿No me vas a pedir que corra a Cristina, verdad? —Benicio arqueó las cejas, adivinándolo.
—Sí. —Estefanía puso las cartas sobre la mesa.
—Creo que estás loca, tú y Delfina están un poco locas. —Frunció el ceño.
—¿Te atreves o no? —siguió provocándolo.
Él era orgulloso y seguro de sí mismo. Con sus calificaciones, la probabilidad de perder contra ella era casi nula.
Frunció el ceño y aceptó sin pensarlo mucho.
—Está bien, acepto. Pero si tú pierdes, también tienes que prometerme una cosa. En una apuesta, el riesgo debe ser parejo.
—Va, ¿qué quieres que te prometa?
Benicio guardó silencio un momento y finalmente dijo:
—Luego te digo. Solo recuerda que no te puedes echar para atrás.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Baile de Despedida del Cisne Cojo
Es verdad sale muy caro liberar capitulos...
Muy bonita la novela me encanta pero pueden liberar mas capitulos yo compre capitulos pero liberar mas capitulos sale mas caro...
Muy bonita novela desde principio cada capítulo es un suspenso...