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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 666

Para Benicio Téllez, Cristina Luján nunca se equivocaba, aunque estuviera mal. Y Estefanía Navas siempre era la que tenía que disculparse.

¿Había venido esta vez a defenderla de nuevo?

¿O a exigirle que le pidiera perdón?

Estefanía esperó en silencio a que él hablara.

Benicio se sentó frente a ella con una expresión de resignación.

—Estefanía, ¿por qué insistes en verme como a un enemigo?

Ella no respondió, pero pensó: Antes sí lo eras, ¿o no?.

Al ver que Delfina e Iván ya regresaban a la mesa, Benicio murmuró:

—Qué astuta eres.

Y no dijo nada más.

—¿De qué platican? —preguntó Delfina sentándose junto a Estefanía, con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿No me digan que están recordando el increíble discurso de hace rato y cómo mi amiga te ganó?

La expresión de triunfo y presunción de Delfina era tan evidente que incluso Benicio no pudo evitar sonreír.

—Así es —admitió él con un brillo peculiar en la mirada—. Le estaba preguntando cómo logró perfeccionar ese inglés británico tan marcado.

A Delfina le brillaron los ojos de emoción.

—¡Sí, sí! Se escuchó increíble. Mis compañeros decían que parecía que estabas cantando. Estefanía, ¿cuándo mejoraste tanto tu inglés?

Estefanía sonrió levemente.

—Lo practiqué en mis sueños. De hecho era verdad: lo había estado ensayando hasta dormida.

Pero, obviamente, nadie le creyó.

Iván, siempre tan buen tipo, trató de justificarla:

—¡Bueno, pues! Consta que fue voluntario —dijo Delfina, sintiéndose mejor.

Todavía tenían clases en la noche. Como Delfina y Estefanía sintieron que habían comido demasiado, se fueron a caminar un rato por el patio para bajar la comida, mientras que los chicos se fueron por su lado.

Delfina se agarró del brazo de Estefanía y comentó:

—Solo tú podías lograr algo así.

—¿A qué te refieres? —preguntó Estefanía, sin entender.

—¿Sabes cuántas veces me he peleado con la tal Cristina? Siempre salgo perdiendo. Olvídate de que Benicio la corra; ni siquiera es capaz de defenderme. ¡Siempre la defiende a capa y espada! —se quejó Delfina—. Pero en cuanto tú intervienes, haces que Benicio ceda de inmediato.

—Solo fue una apuesta, nada más —restó importancia Estefanía—. Él aceptó el reto; si es hombre de palabra, no puede echarse para atrás, ¿verdad?

—No es solo eso. —Delfina negó con la cabeza, mirándola con los ojos brillantes—. No tienes idea de cuántas veces me preguntó Benicio antes del concurso si ya tenías listo tu discurso. Quería que se lo enseñara y me insistía en que te escuchara ensayar para ver si te lo sabías bien. ¡De verdad estaba muy al pendiente de ti!

Estefanía y Delfina dieron varias vueltas por el patio hasta que casi fue hora de entrar a clases, y regresaron al edificio entre risas.

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