A un lado había un restaurante de parrilladas.
Cuando Delfina y Estefanía llegaron al lugar, Cristina estaba en la entrada repartiendo los turnos a los clientes que hacían fila. En cuanto las vio, fingió ponerse nerviosa; se le pusieron los ojos rojos y empezó a moverse toda torpe, como si no supiera ni dónde meterse.
Estefanía y Delfina se intercambiaron una mirada, pensando: «¿Pues qué te hicimos o qué?».
La mirada de Cristina se desvió hacia alguien detrás de Delfina y Estefanía; entonces, con los ojos llorosos, corrió rápidamente hacia ellas.
Delfina se quedó desconcertada. ¿Qué clase de jugada era esa? Seguro no iba a querer echarnos la culpa de algo, ¿verdad?
Pero Estefanía ya se sabía todos esos trucos. Agarró a Delfina de un brazo y se hizo a un lado, dejándole el camino libre a Cristina.
Fue entonces cuando Delfina entendió todo: Benicio acababa de aparecer justo detrás de ellas. La chica iba tras él...
Delfina y Estefanía se quedaron de brazos cruzados, dispuestas a ver de qué trataría este nuevo drama.
Cristina llegó frente a Benicio y se dio la vuelta, protegiéndolo como si fuera una leona defendiendo a su cría. Tenía los ojos empapados en llanto.
—No culpen a Beni, es mi culpa, yo hice las cosas mal —sollozó—. Yo le rogué que me ayudara a buscar otro trabajo. Si quieren reclamarle a alguien, háganlo conmigo, pero por favor no se enojen con él, no se distancien por mi culpa...
Delfina era muy distinta a Estefanía.
Estefanía ya había pasado por los treinta y tantos y había vuelto atrás en el tiempo; había visto a muchísimas mujeres fingiendo ser víctimas. En cambio, Delfina apenas tenía diecisiete años y vivía la etapa despreocupada de la preparatoria; conocía a gente que se enojaba, discutía o se peleaba, pero nunca se había enfrentado a un espectáculo de ese calibre.
Delfina volteó a ver a Estefanía con total desconcierto: «¿Hicimos algo? ¿Dijimos algo?».
De la nada, Estefanía y Delfina se convirtieron en las villanas de la historia. La gente alrededor empezó a murmurar y a señalarlas, como si fueran dos chamacas fresas que se aprovechaban de alguien débil.
«¿Cristina? ¿Débil?», Delfina no podía creer lo que veía.
Cristina, apoyada en el hombro de su compañero, acomodó la cara para que todos pudieran ver cómo lloraba desconsoladamente.
—Apenas tengo diecisiete años, casi ni debería estar trabajando. No robo ni le quito nada a nadie, me gano el dinero con mi esfuerzo para estudiar. Yo... les juro que no tengo otras intenciones, de verdad no quiero quitarles a Beni... Solo quiero estudiar, ahorrar dinero y entrar a la uni que quiero...
Al oír esto, los presentes se indignaron todavía más.
—¿Qué? ¿A poco estas dos chamacas ya andan con esas payasadas de pelearse por un novio? ¡Tan jóvenes y ya andan de resbalosas!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Baile de Despedida del Cisne Cojo
Es verdad sale muy caro liberar capitulos...
Muy bonita la novela me encanta pero pueden liberar mas capitulos yo compre capitulos pero liberar mas capitulos sale mas caro...
Muy bonita novela desde principio cada capítulo es un suspenso...