Elias se movió con un propósito que no había sentido en toda la noche. Se excusó de un pequeño círculo de abogados que discutían sobre política fiscal, murmurando una disculpa genérica, y se dirigió a través de la multitud. Su mente era un torbellino, la imagen del rostro de Ava superpuesta a los recuerdos fragmentados de las fotografías de su tía.
Encontró un rincón relativamente tranquilo detrás de una galería de esculturas griegas, el mármol blanco y frío de las estatuas parecía absorber el ruido del evento. El aire aquí era más fresco, más tranquilo. Se apoyó contra una pared, el champán olvidado en una mesa cercana, y sacó su teléfono del bolsillo interior de su chaqueta.
Sus dedos, normalmente tan firmes al hojear documentos legales, temblaron ligeramente mientras buscaba el número de su padre. Lo encontró y pulsó el botón de llamada, llevándose el teléfono a la oreja. El sonido de los tonos de llamada parecía demasiado fuerte en su cabeza.
—Elias —la voz del senador Robert Vance era exactamente como Elias la esperaba: controlada, precisa y con un trasfondo de impaciencia. Probablemente estaba en medio de alguna cena política importante en Washington—. ¿Va todo bien? ¿Ha habido algún problema en la gala?
—Padre, estoy en la gala del museo —comenzó Elias, su propia voz sonando extraña, tensa por una urgencia que luchaba por contener—. Acabo de ver a una mujer... tienes que creerme. Tienes que escucharme.
El senador hizo una pausa. El cambio en el tono de su hijo, la intensidad apenas disimulada, captó su atención. —¿Qué mujer, Elias? ¿Ha pasado algo?
—Es el vivo retrato de la tía Elena —soltó Elias, las palabras saliendo en un torrente—. No es un simple parecido. Es... es su cara. Los mismos ojos, la misma sonrisa. Es como si hubiera visto un fantasma.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio pesado, cargado de décadas de historia no contada. Elias podía imaginar a su padre, un hombre que nunca mostraba debilidad, frunciendo el ceño, su mente procesando la información imposible.
—¿Estás seguro, Elias? —la voz de su padre era ahora más suave, despojada de su tono de negocios. Había escepticismo, sí, pero también una nota de cautela, casi de miedo—. Han pasado muchos años. La memoria puede jugar malas pasadas.
—Nunca he estado más seguro de algo en mi vida —respondió Elias, su voz ahora firme, la convicción resonando en cada sílaba—. La vi de cerca. La luz le dio en la cara. Es ella. O alguien que podría ser su hija. No lo sé, pero el parecido es absoluto.
—¿Quién es ella? ¿Con quién estaba? —preguntó su padre, el político en él tomando el control, buscando datos, hechos.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó Elias, la frustración filtrándose en su voz.
—Nada —dijo su padre con firmeza—. Por ahora, no haces nada. Vuelve a la gala, actúa con normalidad y luego vete a casa. Yo haré algunas averiguaciones discretas por mi cuenta. Te llamaré mañana. Y Elias...
—¿Sí?
—Ten cuidado.
La llamada terminó. Elias se quedó en el silencio de la galería, el teléfono todavía en su mano. La semilla de la duda y la esperanza, enterrada durante treinta años, acababa de ser plantada de nuevo en la vieja y cansada tierra de la familia Vance. Y él estaba en el centro de todo.

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