Elias regresó al Gran Salón, su mente corriendo a mil por hora. La orden de su padre de "no hacer nada" iba en contra de cada instinto que tenía. Como abogado, su trabajo era buscar la verdad, hacer preguntas, conectar los puntos. La pasividad le resultaba antinatural, especialmente cuando la verdad parecía estar a solo unos metros de distancia.
Se recompuso, alisándose la corbata, su rostro volviendo a una máscara de calma profesional. Sabía que un acercamiento directo sería un error. Necesitaba ser sutil, cauteloso.
Buscó a Ava con la mirada. La encontró cerca de la orquesta, de pie junto a una columna mientras Julian estaba enfrascado en una conversación con un magnate naviero griego. Por un breve momento, ella estaba sola, una isla de quietud en el mar de conversaciones.
Era su oportunidad.
Se acercó a ella lentamente, sin prisa, como si simplemente estuviera paseando. Se detuvo a una distancia respetuosa, sin invadir su espacio personal.
—Disculpe —dijo, su voz era tranquila y educada—. No he podido evitar darme cuenta de que ha estado de pie sola durante un rato. Espero no ser inoportuno.
Ava se giró, ligeramente sorprendida por la interrupción. Su primera reacción fue defensiva, su cuerpo se tensó sutilmente. Estaba acostumbrada a que los hombres del círculo de Julian se le acercaran con una mezcla de interés depredador y adulación hacia él.
Pero este hombre era diferente. No había arrogancia en su postura, ni una sonrisa lascida en sus labios. Sus ojos, enmarcados por unas cejas serias, la miraban con una curiosidad genuina y respetuosa.
—No se preocupe —respondió ella, su voz era educada pero reservada.
—Soy Elias Vance —se presentó, ofreciendo una pequeña e inclinación de cabeza en lugar de extender la mano, un gesto ligeramente anticuado y formal.
El apellido la golpeó como una descarga de hielo. Vance. El mismo apellido que Seraphina usaba como una corona y un arma. Un nudo de alarma se formó instantáneamente en su garganta. ¿Era una coincidencia? ¿O era parte de una nueva trampa, una pinza que se cerraba sobre ella desde otro ángulo? Su cuerpo se tensó, la máscara de cortesía apenas ocultando la repentina oleada de sospecha.
—Mi trabajo me obliga a ser un observador de personas, señorita Monroe —continuó Elias, eligiendo sus palabras con el cuidado de un abogado que interroga a un testigo delicado—. Y debo decir que tiene un rostro sorprendentemente familiar. Me recuerda mucho a una rama de mi familia que, lamentablemente, no he visto en años.
—Ya veo —dijo Elias, asintiendo lentamente. No insistió. Simplemente aceptó su respuesta, respetando sus límites.
Justo en ese momento, Julian terminó su conversación y se giró, buscando a Ava. Su mirada se posó en ellos, y sus ojos se entrecerraron una fracción de milímetro.
—Fue un placer conocerla, señorita Monroe —dijo Elias rápidamente, dando un paso atrás—. Que tenga una buena noche.
Se dio la vuelta y se mezcló con la multitud justo cuando Julian se acercaba. Ava lo vio alejarse, una sensación extraña y persistente en su pecho.
No sabía por qué, pero sentía que su breve encuentro con Elias Vance era importante. Y potencialmente, muy peligroso.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Contrato para Olvidarte