La frustración de Julian no se disipó. Al contrario, echó raíces y creció en la oscuridad de su mente durante los días siguientes, transformándose en una obsesión fría y vigilante.
Se volvió más atento, un guardián silencioso en su propia casa. Revisaba los informes de seguridad del loft con más frecuencia, buscando cualquier anomalía, cualquier señal de comunicación secreta. Pasaba horas revisando los registros de la red Wi-Fi, buscando dispositivos desconocidos o patrones de datos inusuales. No encontró nada. La cárcel digital que había construido para ella era, hasta donde él sabía, impenetrable.
Observaba a Ava. Observaba la forma en que leía, con una concentración que le parecía sospechosa. Observaba la forma en que practicaba yoga, sus movimientos fluidos y controlados, y veía en ellos no una búsqueda de paz, sino un entrenamiento, una preparación para algo.
Su nueva confianza, su sorprendente interés en "aprender" de él, que al principio había halagado su ego, ahora lo interpretaba de la peor manera posible.
No veía a una discípula. Veía a una espía.
En su mente paranoica, la lógica era retorcida pero coherente. Ella no estaba aprendiendo para él. Estaba aprendiendo de él. Estaba absorbiendo su conocimiento del poder, de la estrategia, de las finanzas, no para convertirse en un activo para él, sino para volverse lo suficientemente valiosa como para ser "adquirida" por otro.
La imagen de Elias Vance, con su intensidad y su apellido influyente, se repetía en su cabeza. Y la de Damian Russo, con su riqueza rival y su sonrisa depredadora. Ellos eran los compradores en el mercado, y Ava se estaba puliendo a sí misma para la subasta.
Su miedo no era el miedo de un amante a perder el afecto de su pareja. Era el miedo primordial de un tirano a perder el control sobre su posesión más preciada y desafiante. El miedo a que el objeto que había moldeado y controlado se volviera contra él, o peor aún, eligiera a otro dueño.
Una noche, se despertó en mitad de la noche. La habitación estaba oscura y silenciosa, salvo por la respiración tranquila y regular de Ava a su lado. Se giró para mirarla.
Una idea, grandiosa y terrible en su simplicidad, comenzó a formarse en su mente.
Sería una declaración pública. Una que la encerraría en una jaula aún más grande y visible que el loft. Una jaula de la que nunca podría escapar, porque estaría construida con la opinión pública, las expectativas sociales y la ley.
Se quedó allí, en la oscuridad, observando el rostro dormido de la mujer que creía poseer. Su decisión estaba tomada.
Le pediría que se casara con él.

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