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El Contrato para Olvidarte romance Capítulo 114

La noche era silenciosa en el loft, un silencio que se había vuelto pesado y familiar. Ava estaba sentada en el sofá, con un libro abierto sobre su regazo, pero sus ojos miraban sin ver la página. Estaba escuchando, esperando el suave zumbido del ascensor privado.

Llegó a las nueve en punto, con la puntualidad de un reloj suizo. Las puertas se abrieron y Julian entró. No llevaba su maletín de trabajo habitual. En su lugar, sostenía una única caja rectangular, de unos treinta centímetros de largo, envuelta en un terciopelo de un azul tan oscuro que era casi negro.

Se movió por la sala de estar con una calma deliberada. Dejó la caja sobre la mesa de centro de mármol con un sonido suave y amortiguado. No había la tensión de las noches anteriores. En su rostro había una expresión que Ava no pudo descifrar del todo, una mezcla de confianza y anticipación.

—Tengo algo para ti —dijo, su voz era un barítono tranquilo que llenó el silencio.

Ava cerró el libro y lo dejó a un lado. Miró la caja, luego a él. Mantuvo su rostro cuidadosamente neutral, la máscara de sumisión que había perfeccionado.

—No tenías por qué hacerlo, Julian —respondió, su voz era suave.

—Sí, tenía que hacerlo —replicó él, y había un peso en sus palabras, un significado oculto que ella sintió instintivamente.

Se sentó en el sofá frente a ella y empujó la caja por la superficie lisa de mármol. Se detuvo justo delante de ella. Era una ofrenda.

Ava extendió las manos y levantó la tapa. El terciopelo era suave y frío bajo sus dedos. Dentro, sobre un lecho de satén blanco, yacía una cascada de luz.

Era un collar. Pero era "el" collar.

Incluso ella, que había sido sumergida en el mundo de la alta joyería, reconoció la pieza al instante. Era "El Corazón de Sterling". Un legendario collar de diamantes que había pertenecido a la abuela de Julian. Era una pieza de museo, famosa en la alta sociedad, no solo por su belleza, sino por su historia y su valor incalculable.

Decenas de diamantes blancos, perfectamente tallados y engastados en platino, formaban una delicada red de fuego y hielo. Pero en el centro, suspendido como una gota de luz de luna líquida, había un enorme diamante azul. Era del tamaño de un huevo de codorniz, de un azul profundo y perfecto, que parecía absorber toda la luz de la habitación y devolverla multiplicada.

Sus manos se posaron en sus hombros desnudos, un gesto posesivo.

—Es un recordatorio. Para todos. De la estima en que te tengo.

El mensaje implícito era tan claro como el diamante que ahora colgaba entre sus clavículas.

No era solo un regalo. Era una declaración. Un recordatorio para Elias Vance, para Damian Russo y para el mundo entero de a quién pertenecía.

Era una cadena, forjada con los diamantes más puros y caros del mundo.

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