Ava no cogió la taza. El calor que emanaba de la porcelana le pareció de repente nauseabundo. La idea de aceptar cualquier cosa de Seraphina, y mucho menos algo destinado a "calmarla", era impensable.
—No quiero té —dijo Ava, su voz ganando una pizca de la fuerza que había perdido.
Seraphina parpadeó, su sonrisa vaciló por una fracción de segundo. —Oh. Bueno, como quieras. Quizás más tarde.
Dejó la taza en la mesa de centro de mármol con un suave clic. El sonido pareció resonar en la tensión que se había apoderado de la habitación.
Para disimular el rechazo, Seraphina comenzó a pasear por la sala de estar, fingiendo admirar la decoración. Su bolso de diseñador, lo suficientemente grande como para llevar un ordenador portátil, colgaba de su antebrazo.
—Julian realmente se ha superado con este lugar —dijo, pasando una uña perfectamente manicurada por el lomo de un libro de arte—. Las vistas son espectaculares. Debes sentirte como la reina del mundo aquí arriba.
Ava la observaba en silencio desde el sofá. Cada movimiento de Seraphina parecía calculado, cada palabra tenía un doble filo.
Seraphina se detuvo junto a una alta estantería de metal negro que estaba llena de libros y objetos de arte cuidadosamente seleccionados. Hizo un gesto vago hacia la ventana.
—Mira esa luz. Es simplemente divina. ¿Puedo hacer una foto? Un amigo mío es diseñador de interiores y le encantaría ver esto.
Antes de que Ava pudiera responder, Seraphina ya estaba sacando su teléfono del bolso. Mientras lo hacía, su otra mano se movió dentro del bolso con una rapidez casi imperceptible.
Se giró de nuevo hacia Ava, su rostro una máscara de perfecta inocencia y amabilidad. No había ni rastro de su acción subrepticia.
Caminó de vuelta hacia el centro de la habitación, su tarea completada. —Solo quiero que sepas que estoy aquí para ti —dijo, su voz de nuevo goteando una falsa sinceridad—. De verdad.
Se detuvo y miró a Ava con una intensidad estudiada. —Somos familia, después de todo. Y la familia se cuida. Pase lo que pase.
El contraste entre sus palabras de apoyo y el pequeño ojo de cristal que ahora observaba a Ava en secreto era absoluto. El lector, y solo el lector, era ahora cómplice de su traición.
Seraphina sonrió, una sonrisa cálida y tranquilizadora. —Siempre puedes contar conmigo.

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