Las últimas palabras de Seraphina —"Siempre puedes contar conmigo"— quedaron suspendidas en el aire, cargadas de una hipocresía tan densa que era casi palpable.
Ava la miró. Vio el rostro perfectamente maquillado, la sonrisa ensayada, los ojos que no contenían ni una pizca de calor genuino.
Y algo dentro de ella, algo que había estado dormido bajo capas de dolor, sumisión y un duelo insoportable, finalmente se rompió. No fue un estallido ruidoso, sino un quiebre silencioso y frío, como el hielo que se fractura bajo una presión inmensa.
El veneno de Seraphina no había funcionado como ella esperaba. En lugar de hundir a Ava en la autocompasión y la culpa, había encendido una chispa de furia. Una furia clara, precisa y gélida.
La combinación del dolor por su pérdida, la culpa que Seraphina había intentado imponerle con sus palabras insidiosas y la presencia física e invasora de su atormentadora en su espacio se convirtió en algo que ya no podía soportar.
Ava se levantó lentamente del sofá. Su movimiento no fue brusco, sino deliberado, casi majestuoso en su control. Se irguió, sintiendo cómo su columna vertebral se enderezaba, como si recuperara una altura que había olvidado que poseía.
Seraphina la observó, una pequeña arruga de curiosidad apareciendo entre sus cejas al notar el cambio en el lenguaje corporal de Ava.
La voz de Ava, cuando habló, fue baja. No fue un grito. Fue algo mucho más peligroso. Fue un susurro que cortó el aire, lleno de una furia helada.
—Vete.
La palabra fue tan simple, tan directa, que Seraphina parpadeó, cogida por sorpresa. Inmediatamente, recuperó su máscara de preocupación, fingiendo sorpresa y confusión.
—¿Qué? ¿Cariño, qué dices? Pero si solo intento ayudar... Mi única intención era...
—Sé exactamente lo que intentas hacer —la interrumpió Ava, dando un paso hacia ella.
Por primera vez desde que Seraphina había entrado, Ava no retrocedió. Avanzó. El equilibrio de poder en la habitación se tambaleó.
—Intentas envenenarme. Intentas arrastrarte dentro de mi cabeza y hacerme sentir culpable por algo que tu gente, tu clase de gente, me hizo.
—Como quieras —dijo, su voz ahora despojada de toda falsa calidez. Era plana y cortante.
Caminó hacia la puerta del ascensor, su espalda rígida de indignación. —Pero no digas que no intenté ser una buena hermana.
Las puertas del ascensor se abrieron. Entró sin mirar atrás.
Las puertas se cerraron con un suave silbido, dejando a Ava sola en el inmenso y silencioso loft.
Se quedó de pie en medio de la sala, temblando. No de miedo, ni de debilidad.
Temblaba por la adrenalina de una batalla ganada. Temblaba por una mezcla abrumadora de ira y un dolor tan profundo que la dejaba sin aliento.

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