La calma de Julian era mucho más aterradora que cualquier grito. Sostuvo el portátil como si fuera una pieza de evidencia en un juicio, su rostro una máscara de fría neutralidad.
Con el pulgar de su mano libre, abrió la tapa. La pantalla parpadeó un instante y se iluminó, revelando el plan de marketing a medio escribir en el que Ava estaba trabajando, el título "Estrategia de Crecimiento para Alba Joyas" brillando en la penumbra.
Sus ojos se movieron sobre las primeras líneas en silencio. Recorrieron los gráficos de análisis de la competencia, los plazos del calendario de contenidos. Luego, muy lentamente, levantó la vista y la miró.
—Te di todo —dijo. Su voz no era más que un susurro, peligrosamente bajo y controlado, lo que la obligó a esforzarse para oírlo a través del zumbido de pánico en sus oídos.
—Un hogar que la mayoría de la gente solo puede soñar. Seguridad absoluta. Dinero ilimitado para cualquier capricho que pudieras desear. Y tú me desafías por esto...
Hizo un gesto de desdén hacia el portátil, su muñeca moviéndose con una elegancia perezosa. —Por migajas.
Ava dio un paso vacilante hacia él, sus manos extendidas en un gesto involuntario de súplica. Su mente corría, tratando de encontrar las palabras para explicar algo que él nunca podría entender.
—Necesitaba hacer algo, Julian. No era por el dinero. Necesitaba... sentirme útil. Sentir que todavía existía.
—Tú eres útil para mí —respondió él al instante, y esa simple frase, pronunciada sin inflexión, reveló todo sobre su mentalidad posesiva. No dijo "eres útil", sino "eres útil para mí".
Comenzó a caminar hacia ella, sus pasos lentos y deliberados sobre la alfombra de seda, haciendo que cada segundo se estirara hasta el infinito. —Tu único propósito es estar aquí, para mí. Entretener a mis socios cuando sea necesario. Lucir hermosa en mi brazo en los eventos. Y estar disponible cuando yo te necesite.
Se detuvo justo delante de ella, invadiendo su espacio personal. —Creí que habíamos dejado eso perfectamente claro la última vez.
Antes de que ella pudiera formular una respuesta, sin previo aviso, juntó las manos. El sonido del plástico y el metal al chocar fue brutalmente fuerte en el silencio del loft.
Caminó de vuelta hacia ella, acorralándola contra el frío cristal de la ventana. Sintió el frío del exterior a través de la tela de su ropa.
—A partir de ahora, las reglas cambian de nuevo. No tendrás acceso a internet sin supervisión. Tu teléfono será monitoreado. Tu tableta, también. Cualquier comunicación que tengas pasará primero por mi equipo.
Se inclinó, su rostro a centímetros del de ella, sus ojos fríos y sin emoción. —Se acabaron los juegos, Ava. Se acabó.
Se quedó de pie, temblando, con la inmensidad de la ciudad a su espalda. Julian la miraba, sus ojos fríos y posesivos reclamando cada parte de ella.
La última y pequeña ventana a su libertad acababa de ser destrozada. Su control ahora era absoluto. Total. E ineludible.

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