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El Contrato para Olvidarte romance Capítulo 61

En una suite anónima de un hotel de lujo en el centro de la ciudad, el único sonido era el suave zumbido del aire acondicionado y el clic nervioso de un ratón de ordenador.

Seraphina Vance estaba de pie, con los brazos cruzados, observando la pantalla de un ordenador portátil. A su lado, sentado en una silla de escritorio, un hombre joven y delgado tecleaba con una concentración sudorosa. Era un editor de vídeo freelance, y el miedo era evidente en la forma en que mantenía los hombros encogidos.

En la pantalla se veía el metraje de la cámara oculta. La sala de estar del loft de Ava, bañada por la luz de la tarde.

—Ahí. Para —ordenó Seraphina. Su voz era un susurro frío, pero tenía el peso de una orden de acero.

El editor, cuyo nombre era Dante pero Seraphina no se había molestado en recordar, detuvo la reproducción. La imagen congelada mostraba a Ava sentada en el sofá, con el rostro contraído por el dolor.

—Quiero el fragmento donde ella dice "fue un accidente". Aísla el audio. Límpialo.

El editor asintió, sus dedos volando sobre el teclado. Recortó el clip de audio, eliminando la voz de Seraphina que lo precedía.

—Ahora, vuelve al principio. A mi llegada —continuó Seraphina, acercándose y señalando la pantalla con una uña larga y roja—. Corta toda mi parte. Toda la conversación sobre el té, sobre el estrés. Quiero que parezca que ella empieza a hablar sola, que se está desmoronando sin provocación.

El editor tragó saliva. —Eso... alterará completamente el contexto, señorita Vance.

Seraphina se giró para mirarlo. No había ira en su rostro, solo una fría y absoluta indiferencia que era mucho más aterradora. —¿Te estoy pagando por tu opinión sobre periodismo o para que hagas clic donde yo te digo?

—Para que haga clic —murmuró él, volviendo la vista a la pantalla.

Durante la siguiente hora, Seraphina dirigió la edición con la precisión de un cirujano. Fue un acto de disección cruel, despojando a la conversación de toda verdad.

—Corta ahí, justo después de que ella dice "me empujaron" —ordenaba—. Ahora busca el trozo donde murmura sobre "el estrés". Pégalo justo después.

El editor obedeció. Unió fragmentos de frases, sacados de momentos diferentes, creando una narrativa completamente nueva y monstruosa.

"Me empujaron... el estrés...".

Seraphina la cogió y se dirigió a la puerta. Se detuvo con la mano en el pomo.

—Olvida que estuviste aquí —le dijo, su voz ahora carente de toda emoción—. Olvida mi cara. Olvida este vídeo. Si alguna vez oigo que has hablado de esto con alguien, me aseguraré de que no vuelvas a encontrar trabajo ni como editor de vídeos de bodas. ¿Entendido?

Él asintió vigorosamente, demasiado asustado para hablar.

Una vez en su coche, Seraphina sacó un portátil. Usando una red VPN que enrutaba su conexión a través de media docena de países, y una dirección de correo electrónico encriptada y anónima, adjuntó el archivo de vídeo.

El destinatario era el editor jefe de "La Lupa Dorada", un influyente y despiadado blog de chismes.

En el asunto, escribió: "Exclusiva. Confesión de Ava Monroe".

Pulsó "Enviar".

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