Ava estaba de pie junto al ventanal del loft, mirando la ciudad. Habían pasado días desde que el artículo se publicó. Días de un silencio casi total.
Apenas comía. Apenas dormía. El shock inicial, la oleada de pánico y humillación, había dado paso a una calma extraña y vacía.
Ya no lloraba. Se sentía como si se hubiera secado por dentro.
Miraba los rascacielos, las calles llenas de gente anónima, y repasaba mentalmente cada traición, cada herida, cada eslabón de la cadena que la había llevado a ese punto.
La firma del contrato, creyendo que podía mantener sus emociones separadas de la transacción. Un error de principiante.
La frialdad de Julian tras la pérdida del bebé. Su frase, "es lo mejor", resonaba en su mente, no como una crueldad, sino como una simple declaración de hechos desde su perspectiva. Ella y el niño eran un problema. Y el problema se había solucionado.
Su control total. La destrucción del portátil, la cárcel digital, el aislamiento físico. Cada paso diseñado para despojarla de su identidad.
Y ahora, su negativa a defenderla. Su abandono total ante una mentira que él, mejor que nadie, sabía que era una mentira.
Esa fue la última pieza. La que completó el mosaico.
Mientras miraba el reflejo de su propio rostro en el cristal, se dio cuenta de algo profundo.
Ya no sentía dolor. El dolor se había consumido a sí mismo, dejando solo cenizas.
Ya no sentía amor. Cualquier rescoldo de afecto o dependencia que pudiera haber albergado por él se había extinguido.
Lentamente, se dio la vuelta, apartándose de la ventana. La luz de la tarde proyectaba una larga sombra detrás de ella.
Su expresión ya no era de tristeza. La víctima había desaparecido.
En su lugar, había una determinación dura como el diamante. Peligrosa como el hielo.
La mujer que Julian Sterling había intentado romper había muerto.
Y en su lugar, otra acababa de nacer.

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