En el último piso de la Torre Sterling, el silencio era una herramienta. Julian lo utilizaba para intimidar, para controlar, para pensar.
Estaba sentado en su enorme escritorio de obsidiana, la superficie negra y pulida reflejando la luz gris de la tarde. Frente a él, en la pantalla de su ordenador, había una serie de informes de seguridad.
Eran los registros de acceso al loft de SoHo. Listas de personal de limpieza, repartidores, técnicos de mantenimiento. Nombres, fechas, horas. Todo meticulosamente documentado.
No había encontrado nada. Ninguna visita no autorizada. Ninguna entrada que pudiera explicar cómo se había grabado el vídeo.
Junto a los informes, tenía abierta una ventana con el artículo de "La Lupa Dorada". Lo había leído una docena de veces.
La historia en sí era irrelevante para él. La supuesta aventura de Ava, su culpa fabricada... eran simples detalles de una narrativa que no le importaba.
Lo que le molestaba, lo que se clavaba bajo su piel como una astilla de hielo, era la violación. Alguien había entrado en su dominio.
Alguien había plantado un dispositivo en su propiedad, había grabado a su posesión y había utilizado esa grabación para crear un caos público que él no había orquestado.
Era una afrenta directa a su control. Y eso era inaceptable.
Además, había algo en el vídeo que no encajaba. La actuación de Ava.
Conocía a Ava. Conocía sus reacciones, sus gestos, la cadencia de su voz bajo presión. La había estudiado como un científico estudia un espécimen valioso.
La mujer del vídeo estaba rota, sí. El dolor era genuino. Pero las palabras... no sonaban bien. El flujo era incorrecto, las pausas eran extrañas.
Parecía... editado. Como una mala toma de una película, donde las frases han sido unidas en postproducción.
No encajaba con la mujer que lo había desafiado en la gala. No encajaba con la mujer que se había atrevido a dormir en la habitación de invitados.
Se reclinó en su silla de cuero, el suave crujido del material fue el único sonido en la habitación.
—Y quiero el metraje original, sin editar.
Hizo una pausa, dejando que la orden calara.
—No me importa lo que cueste o lo que tengas que hacer para conseguirlo.
La orden era absoluta. No era una petición de investigación. Era una orden de adquisición.
Quería la verdad. No porque creyera en la inocencia de Ava, sino porque necesitaba recuperar el control de la narrativa.
Necesitaba saber quién se había atrevido a jugar en su tablero sin su permiso. Y cuando lo supiera, se aseguraría de que nunca más volvieran a jugar a nada.

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