La puerta de la oficina de Julian se abrió con un silencio casi total. Gavin entró, su paso pesado amortiguado por la gruesa alfombra de lana. No pronunció una sola palabra.
Julian no levantó la vista del contrato que estaba revisando. Su pluma se movía por el papel, haciendo anotaciones en el margen con una precisión metódica.
Gavin se acercó al escritorio de obsidiana. Con un movimiento deliberado, colocó una tableta sobre la superficie negra y pulida. El dispositivo parecía un pequeño rectángulo de oscuridad en el vasto escritorio.
Finalmente, Julian levantó la vista. Sus ojos grises se posaron en la tableta, luego en el rostro inexpresivo de su jefe de seguridad. No preguntó. Simplemente asintió, una inclinación de cabeza casi imperceptible.
Gavin se retiró tan silenciosamente como había entrado, cerrando la puerta detrás de él y dejando a Julian solo con la verdad.
Durante un largo minuto, Julian no tocó la tableta. Siguió con su trabajo, como si el dispositivo no existiera. Era una demostración de control, una negativa a mostrar la urgencia que sentía.
Finalmente, dejó la pluma a un lado, alineándola perfectamente con el borde del contrato. Cogió la tableta. La pantalla se iluminó, mostrando un único archivo de vídeo en el centro.
Pulsó el botón de reproducción.
La sala de estar del loft apareció en la pantalla, bañada por la luz de la tarde. Vio a Ava, sentada en el sofá, con el rostro pálido y los ojos vacíos por el dolor.
Entonces, la puerta del ascensor se abrió y Seraphina entró. Julian observó, su rostro una máscara de fría neutralidad.
Vio la sonrisa condescendiente de Seraphina. Escuchó su voz, goteando una falsa simpatía que le resultó físicamente repugnante. Escuchó cada palabra de su cruel y calculada tortura psicológica.
"El cuerpo simplemente... rechaza las cosas".
"Quizás si te hubieras relajado más...".
"Tal vez las cosas habrían sido diferentes".
Vio a Ava encogerse con cada palabra, vio cómo la duda y la culpa eran plantadas en su mente como semillas venenosas.
Lentamente, un músculo comenzó a contraerse en su mandíbula. Sus manos, que descansaban sobre el escritorio, se cerraron lentamente en puños, sus nudillos volviéndose blancos.
La ira que sintió no fue por Ava. No fue compasión por su dolor. Fue algo mucho más primordial, más egoísta.
Seraphina lo había utilizado. Había utilizado su nombre, su poder, su acceso, para llevar a cabo su propio y retorcido juego. Había violado su santuario, había manipulado a su posesión y, al hacerlo, lo había convertido en un cómplice involuntario de su crueldad.
Lo había hecho parecer un tonto.
Y lo que era peor, lo había hecho parecer un hombre que no podía controlar su propia casa.
La traición no era solo contra Ava. Era contra él. Un desafío directo a su autoridad, a su dominio.
Levantó la vista de la tableta, sus ojos grises ahora eran dos esquirlas de hielo. La calma en la habitación era la calma del ojo de un huracán. Alrededor de ese centro de quietud, una tormenta de furia helada estaba a punto de desatarse.

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