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El Contrato para Olvidarte romance Capítulo 99

La cena de esa noche fue un acto de teatro cuidadosamente orquestado. Ava había preparado la mesa con una meticulosidad que no había mostrado en meses. No era la opulencia de una ocasión especial, sino una elegancia sobria y perfecta. Porcelana blanca, cubiertos de plata pulida y una única vela en el centro, cuya llama danzaba y proyectaba sombras largas y dramáticas sobre las paredes del loft.

Julian llegó a la mesa y notó el cambio de inmediato. Normalmente, comían en un silencio tenso o con el murmullo distante de las noticias financieras de fondo. Esta noche, el silencio era diferente. Estaba cargado de una calma expectante.

Ava le sirvió el vino, un tinto caro que a él le gustaba especialmente. Sus movimientos eran fluidos y gráciles, los de una anfitriona consumada. Él la observó, sus ojos entrecerrados, tratando de leer la nueva partitura que ella estaba interpretando.

Comieron los primeros platos en silencio. Ava no lo presionó. Dejó que la quietud se asentara, que la normalidad de la escena lo adormeciera. Finalmente, cuando estaban a mitad del plato principal, ella dejó el tenedor a un lado con un movimiento deliberado.

—La gala fue increíble, Julian —dijo. Su voz era suave, pero no sumisa. Contenía un nuevo matiz, un destello de admiración calculada.

Él levantó la vista de su comida, cogido por sorpresa. No esperaba que ella mencionara la gala, el escenario de su más reciente humillación.

—La forma en que manejaste el anuncio de la nueva división —continuó ella, sus ojos fijos en los de él, sin miedo—. La forma en que controlas la habitación, cómo la gente te mira, te escucha... es fascinante.

Él dejó su propio tenedor, su interés ahora completamente capturado. Se reclinó ligeramente en su silla, una invitación silenciosa para que ella continuara. Esto era nuevo. Inesperado.

—Me doy cuenta de que he sido una tonta al resistirme a ti durante tanto tiempo —dijo Ava, y la confesión sonó dolorosamente genuina. Fue una obra maestra de la actuación, mezclando la verdad de su pasado con la mentira de su presente—. Siempre vi tu mundo como una jaula. Pero esa noche, en la gala, vi algo más. Vi poder. Vi la capacidad de construir y destruir mundos con una sola palabra.

Julian no dijo nada, pero una pequeña y casi imperceptible sonrisa de satisfacción tiró de la comisura de sus labios. La validación, viniendo de la única persona que se había atrevido a desafiarlo, era un narcótico potente.

—Has pasado por mucho —dijo él, su voz perdiendo parte de su frialdad habitual—. Quizás necesites tiempo para descansar.

—He descansado suficiente —respondió Ava con firmeza—. Descansar es lo que hacen las víctimas. Yo ya no quiero ser una. Quiero entender cómo funciona el tablero de ajedrez, Julian. Y quiero que tú me lo enseñes.

La miró a través de la llama parpadeante de la vela. Vio la seriedad en sus ojos, la determinación en la línea de su mandíbula. Y lo creyó. Creyó que finalmente se había rendido, que había aceptado su lugar en el universo de él.

Su guardia, siempre alta, siempre vigilante, bajó significativamente.

—Quizás —dijo él, un brillo de intriga en sus ojos—. Quizás eso podría arreglarse.

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