Un todoterreno blanco se detuvo ante la entrada de una fábrica abandonada en la zona oeste de Ciudad Higuera.
Jaime se bajó del vehículo, exudando un aura mortal.
Lucas exclamó:
—¡Ya está aquí!
La solitaria llegada del hombre impulsó tanto su entusiasmo como sus nervios.
—Jaime es bastante fuerte, Señor Velázquez. ¿Está seguro de que sus escoltas podrán derrotarlo? —le preguntó a Teobaldo.
Los guardias escucharon a Lucas y sus expresiones se endurecieron. Uno de ellos golpeó con el puño un enorme bloque de cemento que tenía a su lado, haciendo volar fragmentos de cemento por la habitación y dejando al descubierto su estructura de acero.
Lucas enmudeció atónito.
Teobaldo dijo con desprecio:
—Estos hombres son lo mejor de lo mejor en el arte de la Energía Interna. Pueden matar sin problemas a un buey de un puñetazo. ¿Crees que les costaría trabajo un simple humano?
—¡P… por supuesto que no! —Lucas asintió con entusiasmo.
—Si de alguna manera no logran vencerlo, ¡todavía estoy yo! —Con eso, Teobaldo sacó una pistola de su bolsillo. Recargó la pistola frente a Lucas y reflexionó—: Jaime puede ser hábil, pero ni siquiera él puede esquivar una bala.
—¡Ja! ¡Jaime es hombre muerto! ¡No hay nadie que pueda salvarlo ahora! —se burló.
El arma resultó muy útil para calmar la ansiedad de Lucas. Después de todo, los puños de Jaime no eran rivales para un disparo mortal.
Josefina escuchó la conversación, y el pánico se apoderó de su pecho cuando se dio cuenta de que Teobaldo tenía una pistola.
«No puedo permitir que Jaime arriesgue su vida por mí. ¡Dios mío, no puedo soportar verlo morir! ¿Cómo puedo advertirle si estoy encerrada en este cuchitril?».
Jaime había comenzado a acercarse a la fábrica abandonada. Su Energía Espiritual recorría el lugar, lo que le permitía percibir todo en un radio de diez metros.
Vio a dos hombres musculosos haciendo guardia en la entrada. Sus enormes complexiones daban a entender que eran hábiles luchadores.
Cuando vio a Jaime, gritó:
—¡Déjame aquí, Jaime! ¡Vete, no se atreverían a matarme! ¡Protégete tú!
—¡Cállate! —gritó Teobaldo y la hizo callar con una fuerte bofetada.
El aura mortal de Jaime incrementó y llenó la habitación, haciendo que Teobaldo se estremeciera.
El hombre apuntó con rapidez su pistola a la cabeza de Josefina y amenazó:
—¡Si das un paso más, le dispararé ahora mismo! —El miedo empezó a teñir su mirada.
Lucas, sin embargo, no había terminado de ridiculizar a Jaime.
—Ni pienses que vas a salir vivo de esto, Jaime. ¿Te crees intocable porque conoces a Tomás Lamarque y a Arturo Gómez? ¡Cómo te atreves a intimidarme solo porque tienes unos conocidos temibles! Pues bien, ¡ninguno de ellos podrá salvarte ahora! —se burló.
La indignación y la furia de Lucas se multiplicaron cuando le recordaron su débil comportamiento hacia Jaime en el pasado. Se dirigió hacia su némesis y levantó la mano para golpearlo.

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