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El despertar del Dragón romance Capítulo 287

La mano de Jaime se apresuró y tomó la muñeca de Lucas con un agarre mortal.

—No necesito contar con nadie más para amenazarte —dijo con frialdad.

¡Crac!

Rompió su brazo como si fuera una ramita, y el hombre gritó angustiado.

Sus agónicos lamentos resonaron por toda la fábrica.

Jaime le dio una patada a Lucas en el estómago y él escupió una gran cantidad de sangre. La fuerza lo hizo volar como un muñeco de trapo, por lo que en seguida se encorvó sobre sí mismo al aterrizar en el suelo.

—¡Tú! —Escupió con dolor y miró a Jaime.

—Te di una segunda oportunidad, ¡y la desperdiciaste como un tonto! —comentó Jaime y se dirigió hacia el abatido Lucas.

—¡Mátenlo! ¡Mátenlo! —gritó Lucas, presa del pánico al ver el despiadado avance.

Los dos guardias miraron a Teobaldo y esperaron sus órdenes.

Teobaldo asintió y ordenó:

—Mátenlo.

Los hombres intercambiaron una mirada antes de abalanzarse sobre Jaime, que siguió avanzando a grandes zancadas hacia Lucas, imperturbable.

Los escoltas estaban casi frente a él cuando las manos de Jaime salieron disparadas, sujetando a los hombres por el cuello y levantándolos.

—¡Ahhh! —Sus rostros se pusieron rojos mientras se agitaban, luchando por respirar.

¡Crac! ¡Crac!

Su lucha se detuvo al instante, y el sonido de los huesos crujiendo fue una señal segura y escalofriante de su muerte.

¡Pum!

Jaime les soltó el cuello y los cuerpos sin vida cayeron con fuerza al suelo, levantando capas de polvo.

Lucas y Teobaldo se quedaron en silencio.

¡Bang! ¡Bang!

Para horror de Teobaldo, Jaime continuó caminando con calma hacia él, ileso.

—¡M*erda! ¿Qué le pasa a mi arma? —maldijo antes de empuñar su pistola con ambas manos. Calmó sus nervios antes de apuntar de nuevo.

La bala no dio en el blanco una vez más, y estaba frenético de preocupación. Las balas parecían tener ojos propios y evitaban a toda costa a Jaime.

Volvió a apretar el gatillo, para darse cuenta de que se había quedado sin balas. Se apresuró a arrojarle su arma a Jaime y se dio la vuelta para salir corriendo.

Sin embargo, su huida fue detenida por Lucas, que se aferró a su pierna como un animal y gimió:

—Sálveme, Señor Velázquez. ¡No me deje aquí!

El hombre no quería más que salvarse a sí mismo, así que intentó quitárselo de encima y gritó:

—¡Suéltame, maldito! ¡Suéltame!

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