Teobaldo apretó los dientes frente al dolor y afirmó:
—¡Fue Federico! Me lo contó todo y me convenció para venir a Ciudad Higuera. —Estaba poniendo en marcha su plan. Si Jaime se decidía a perseguir a Federico a pesar de ser el hijo del alcalde, él podría disfrutar de la perdición de Federico sin ningún esfuerzo.
Un brillo asesino apareció en los ojos de Jaime al escuchar el nombre de Federico. Josefina se alarmó al ver el cambio en su expresión, y lamentó su insistencia en sacarle la verdad.
—Jaime, todo está bien ahora. ¡Ya no tienes que vengarte! —Esperaba que él no se pusiera en peligro innecesario buscando venganza contra Federico.
—Está bien. —Asintió con la cabeza y tomó a Josefina en sus brazos sin esfuerzo.
Ella se acurrucó en su abrazo, apoyando la cabeza en su pecho. El calor de su cuerpo le pareció el refugio más seguro del mundo.
Lleno de culpa, mientras miraba a la mujer desaliñada en sus brazos, Jaime juró:
—Nunca dejaré que nadie te haga daño de nuevo. Nunca.
—Lo sé. Confío en ti. —Rodeó el cuello del hombre con sus brazos y le plantó un beso en la mejilla.
A pesar del afecto que se profesaban el uno al otro, ninguno de los dos había expresado sus sentimientos hasta ese momento.
Jaime sentó a Josefina en el asiento del copiloto antes de marcharse a la Residencia Serrano.
Mientras tanto, Teobaldo luchaba y no lograba ponerse de pie en la fábrica abandonada. Se miró la pierna destrozada y gritó:
—¡Te haré pagar por esto, Jaime!
Gonzalo recorría la residencia, angustiado, muy preocupado por el paradero de Josefina. No dudaría en dar su vida a cambio de la seguridad de su hija.
Jaime llegó en un abrir y cerrar de ojos. La mujer bajó del auto y se lanzó de inmediato sobre su padre que estaba en la puerta.
—No te preocupes. —La tranquilizó con una sonrisa y una caricia en el cabello. Entonces, se marchó y llamó de inmediato a Tomás.
Una vez que contestó el hombre, Jaime ordenó:
—Tomás, haz que Jonás recoja el cuerpo de su hijo. La Familia Sabina tiene tres días para abandonar Ciudad Higuera; no quiero ver ni un cabello, ni un rastro de ellos en esta ciudad después de eso. Si Jonás tiene ganas de venganza, hazle saber que es bienvenido a visitarme cuando quiera.
Tomás aceptó su orden:
—Entendido. Yo me encargo de todo.
Él era más que suficiente para ocuparse de la desmoronada Familia Sabina, y Jaime sabía que Tomás haría imposible que Jonás vengara a su hijo.
Jaime había estado conduciendo hacia la casa de Gael desde que salió de la Residencia Serrano. Nunca dejaría que Federico se librara de lo que le había hecho a Josefina, ¡ni aunque su padre fuera el alcalde!

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