De vuelta en Arboledas, esa tarde, aunque los hombres de Tomás habían llegado desde Ciudad Higuera para protegerla, el gerente del hotel le había informado que el resto de los huéspedes se sentían incómodos, por lo que Josefina no había logrado conciliar el sueño, pues no solo parecía bastante angustiada por el bienestar de Jaime, sino por aquella delicada situación. Tras lograr convencer al personal de que solo tardarían un día, Josefina se dispuso a aguardar la llegada del hombre que amaba.
Justo cuando la joven sucumbía ante el sueño, escuchó la puerta abrirse con fuerza; tras intentar espabilarse, vislumbró el auto de Jaime al detenerse frente a la entrada del enorme edificio. En ese momento, comenzó a sentir el corazón acelerársele al advertir que el vehículo se encontraba dañado, por lo que se apresuró a salir a toda velocidad de la habitación.
Un momento más tarde, justo cuando Jaime se disponía a descender del auto, se escuchó una suave voz femenina al decir:
—¡Querido, estás herido!
—Me encuentro bien; de hecho, me he encargado de la Familia Velázquez —respondió Jaime, con una hermosa sonrisa en el rostro.
Entonces, Josefina no pudo evitar sobresaltarse al advertir la presencia de Yazmín, quien sintió un leve dolor en el pecho ante el tierno gesto de la pareja; ante su reacción, Josefina se apresuró a exclamar en tono alegre:
—¡Yazmín, qué alegría verte! —Al terminar de emitir esas palabras, se dispuso a rodearla entre sus brazos, antes de añadir—: ¡No sé cómo agradecerte que hayas arriesgado tu vida para salvarme!
A pesar de sus gentiles palabras, Yazmín se limitó a permanecer en silencio, al tiempo que su semblante se endurecía por completo con la llegada de Zacarías.
—¡Yazmín, me alegra qué estés bien! —De inmediato, tomó su mano para besarla; no obstante, la joven parecía molesta ante su presencia, pues tan solo respondió, con voz llena de frialdad.
—Así es.
Ante su extraño comportamiento, Zacarías no pudo evitar pensar, desconcertado:
«Me pregunto qué sucedió en Residencia Velázquez para que Yazmín reaccione de esta manera».
Al mismo tiempo, el caos pronto se desataría en Cuenca Veraniega, pues tras enterarse de las noticias, muchos no tardaron en intentar apoderarse de la enorme fortuna de la Familia Velázquez, que incluía diversos negocios en la ciudad.
…
De vuelta en Residencia Velázquez, un grupo de oficiales se encontraban en lugar para recolectar evidencia acerca del terrible incidente que acababa de suscitarse; después de todo, un intruso había asesinado, en su propia casa, a la familia más importante de la ciudad. Entonces, el Jefe del Ministerio de Justicia, un hombre de maduro y cuyo nombre era Antonio Lamas, apareció en la escena del crimen, mientras cubría su nariz con un pañuelo para evitar percibir el hedor a putrefacción que inundaba la lúgubre atmósfera del lugar. Dicha organización se encargaba de investigar todos los crímenes que acontecieran en Cuenca Veraniega; de hecho, si bien era poco común que ese hombre estuviera presente en las escenas del crimen, se trataba de un caso muy importante, debido al renombre de aquella familia.
Antonio parecía absorto en sus pensamientos, por lo que no pudo evitar sobresaltarse al escuchar una voz femenina al anunciar:
—Señor, registramos más de cuarenta cuerpos; no obstante, es necesario llevar a cabo la autopsia para poder identificar a las víctimas.

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