Brenda sentía que la cabeza le iba a estallar.
Cuando regresaron al comedor, su madre le dijo a la tía, llena de alegría:
—No pasa nada, es que los muchachos andan en un pequeño pleito de esposos. No le hagan caso a sus exageraciones.
—¿Qué pasó? ¿Por qué se pelearon? ¿Acaso Rubén no le da el gusto en algo? —preguntó la tía.
—Cosas de parejas jóvenes. Seguro que en un par de días se les pasa.
El rostro del tío se relajó y por fin asomó una sonrisa.
—Te apuesto lo que quieras a que, conociendo a Rubén y lo loco que está por Brenda, en menos de tres días va a ser él quien venga a pedirle perdón.
Su madre rió abiertamente.
—Es que la tiene demasiado consentida.
La tía soltó un suspiro de envidia.
—¡Deberías dar gracias al cielo por tener un yerno así! Ay, quién sabe qué clase de hombre consiga mi Sara... pero sea quien sea, jamás le llegará ni a los talones a tu Rubén.
Al salir de la cocina, Brenda había perdido por completo el apetito.
Se sentó en su lugar, sostuvo los cubiertos, pero no fue capaz de llevarse un solo bocado a la boca.
La tía había recuperado su actitud melosa de siempre y empezó a servirle comida con exagerada insistencia.
—Brenda, no te hagas de rogar. Rubén es un buen muchacho, siempre ha estado babeando por ti todos estos años. Ya déjale pasar el coraje.
La madre se apresuró a añadir.
—Despreocúpense. Brenda ya me prometió que al llegar a casa hablará con Rubén sobre el trabajo de Sara.
—¡Ay, qué maravilla! —chilló la tía, emocionada—. Te lo agradecemos infinitamente, sobrina.
Brenda sentía que tenía una roca gigante aplastándole el pecho, dejándola sin aire.
Esa noche, cuando regresó a la casa, Rubén y Miranda estaban cenando.
Ambos llevaban puestos pijamas idénticos; una vez más, el conjunto rosa y azul para parejas.
Cuando Miranda la vio entrar, se apresuró a llamarla.
—¡Brenda, ven rápido! Rubén trajo cena, acompáñanos.
Brenda se quitó los zapatos de la calle sin levantar la vista.
—No tengo hambre, provecho.
—¡No seas así! —Miranda corrió hacia ella y la arrastró hacia la mesa sin darle opción—. Rubén fue hasta el norte de la ciudad solo para comprar comida de ese restaurante exclusivo. Está deliciosa. Aunque sea para darle gusto a tu vieja compañera de clase, dale una probadita.
Miranda la forzó a sentarse a la mesa.
Rubén y Miranda estaban sentados juntos, uno al lado del otro. Brenda quedó sola frente a ellos.
Era como si fuera una total extraña en su propia casa.

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