Esa noche, Brenda soñó que regresaba al día de la fiesta de graduación de la preparatoria.
Había sido aceptada en la mejor Universidad de Medicina del país, y el mismísimo director de la preparatoria le había servido un camarón con sus propios cubiertos como honor.
Para no hacerle un desprecio, Brenda se obligó a comerlo.
Antes de que la fiesta terminara, ya tenía todo el cuerpo lleno de ronchas, y le ardía y picaba de forma insoportable.
Mientras Rubén le aplicaba la crema, mantenía los labios apretados en una línea dura, con una expresión de furia homicida en el rostro.
Y, sin embargo, las manos que esparcían la crema lo hacían con una delicadeza infinita, aterrado de lastimarla.
—En serio estoy bien, con la medicina se me pasará en un rato —le había dicho ella.
Rubén, apretando los dientes, le levantó la voz por primera vez.
—¡Si algún infeliz te vuelve a dar mariscos, te juro que le rompo las piernas!
De pronto, tuvo un impulso ridículo.
Quería ir a preguntarle: si hace un momento fue Miranda la que casi la obliga a comer mariscos, ¿le iba a romper las piernas a ella?
Pero a mitad del pensamiento, se echó a reír.
¿Qué necesidad había de hacer esa pregunta?
¿Para qué humillarse a sí misma?
¿Por qué ser tan masoquista?
Regresó a la habitación de huéspedes y se puso a revisar anuncios de renta en su teléfono.
Solo faltaban unos días para firmar el divorcio, así que tenía que encontrar un lugar para vivir lo más pronto posible.
Seleccionó tres departamentos y agendó una cita para ir a verlos el próximo fin de semana.
Esta casa la había comprado Rubén como su regalo de bodas.
Ella había planeado cada detalle de la decoración con la ilusión a flor de piel, imaginando la vida que construirían ahí... Qué lástima que al final, ella fue la única que la habitó.
Durante tres años, apenas había comprado cosas nuevas.
Casi todo se resumía a ropa y algunos libros.
Lo que él había tirado en ese cuarto de huéspedes era prácticamente todo lo que tenía.
Empacarlo no sería difícil, un par de maletas para la ropa y los zapatos serían suficientes.
El problema eran los libros. Eran bastantes y pesados, y empacarlos en cajas iba a ser un dolor de cabeza, así que probablemente tendría que contratar a unos mudanceros.
Cuando terminó de revisar los pendientes, se quedó deslizando el dedo por la pantalla del celular, aburrida.
De repente, le apareció un video de una famosa celebridad.
En el video, ella decía: "El proceso en el amor es lo que importa, no el resultado. Porque el resultado final... siempre es el mismo".
Brenda sonrió amargamente.
Ese "siempre es el mismo" encajaba a la perfección con ella y Rubén.
*Bzz, bzz.*
Le llegó un mensaje.
[¿Cómo vas con la recuperación de la cirugía?]
Inconscientemente, Brenda se llevó la mano al vientre.
Ahí, en su abdomen, tenía una cicatriz larga y grotesca, retorciéndose como si fuera un ciempiés pegado a su piel.
Y por si fuera poco, ella tenía tendencia a los queloides, por lo que el ciempiés se veía grueso, aterrador y levantado.
A un lado de esa cicatriz, había otra incisión fresca que aún estaba cubierta por un apósito blanco.
Brenda tecleó su respuesta: [Ya no me duele la herida.]


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