Eran las dos y media de la madrugada cuando el llanto de un bebé rompió el sepulcral silencio del hospital.
Sentados en el pasillo, Marisa y Rubén sintieron que el cansancio de las últimas horas se evaporaba de golpe. Sus miradas se cruzaron, y un brillo de profunda emoción se encendió en sus ojos.
Habían estado bajo tanta presión y terror, que sin darse cuenta, se fundieron en un abrazo apretado.
—¡Gracias a Dios, todo salió bien! —susurró ella.
Pero, al sentir el calor del cuerpo del otro, ambos cayeron en la cuenta de lo que estaban haciendo y se separaron rápidamente, un tanto incómodos.
Petra estaba estable. Después de haber estado al borde de la muerte, ahora valoraba más que nunca la paz del presente.
Los padres de Petra apenas le dieron un vistazo a su nuevo nieto; su verdadera preocupación era su hija.
Se apostaron a ambos lados de la cama, tomando sus manos mientras las lágrimas les rodaban por las mejillas sin control.
—Mi niña hermosa... ¿cómo se te ocurrió hacer una locura así? Ese malnacido no valía la pena. Nos tienes a nosotros... nos tienes a tus padres.
Petra hizo un puchero, llorando junto a ellos.
—Mamá, papá... perdónenme. Sé que fui una estúpida. En ese momento sentía que el mundo se me cerraba. Pero después de lo que acabo de vivir, me doy cuenta de lo valiosa que es la vida. Puede que mi hijo no tenga un papá, pero tendrá una familia llena de amor. Me tiene a mí, y a los mejores abuelos del mundo.
Al presenciar esa escena tan íntima y llena de amor, las lágrimas de Marisa comenzaron a caer en silencio.
De pronto, una mano le tendió un pañuelo. Era Rubén.
—Límpiate —murmuró él.
Marisa frunció el ceño, mirándolo de reojo.
—¿De dónde sacas tantos pañuelos?
—Ese no es tu problema —respondió él con suavidad.
Mientras Marisa se secaba el rostro, la mirada de Petra se posó en ella. Era una mirada cargada de una gratitud inmensa, de esas que no necesitan palabras.
Marisa le sonrió con ternura.
—Petra, ya no llores. Te va a hacer daño para la recuperación.
Luego, se dirigió a los padres de la chica.
—Por favor, el obstáculo más tóxico y peligroso con el que me he topado en esta vida fuiste tú. Y ahora resulta que vienes a darme lecciones sobre la maldad del mundo.
Rubén bajó la mirada y sonrió con amargura.
—Tienes razón. Es bastante irónico.
Marisa lo observó de reojo. Parecía perdido en sus propios pensamientos; por momentos sonreía levemente y al segundo siguiente se hundía en un mutismo impenetrable.
Al no poder descifrarlo, prefirió ir a la recepción a pedir una habitación.
Después de haber acomodado a los padres de Petra, ella también necesitaba un lugar donde dormir.
—Buenas noches, necesito una habitación sencilla —pidió a la recepcionista.
Rubén, con el ceño fruncido, se acercó de inmediato.
—¿Sencilla? ¿Y yo qué? ¿Pretendes que durmamos encimados en una cama individual?
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
Más capítulos 🤗...
Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
Mas capítulos plis 🙏...
Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...